lunes, 17 de diciembre de 2007

11 DE MARZO DE 2004

Los que pudieron se sacudieron el horror llorando; yo, como pude, escribiendo. Éstas fueron mis lágrimas...
No han avisado. No han avisado. Esta vez, los asesinos no han dado la oportunidad a nadie de salvarse, como en otras ocasiones. Han actuado con doble maldad, sabiendo que iban a morir niños, madres, estudiantes, trabajadores que se dirigían a sus puestos de trabajo con la mirada cansada de quien no ha dormido lo suficiente y sin imaginar que lo último que iban a ver era su propio sufrimiento y el de esa gente desconocida con la que han coincidido hoy en el tren, esos compañeros de un viaje maldito hacia el horror. Los más afortunados han salvado la vida, pero han dejado el alma allí, en ese santuario de dolor y muerte en el que se ha convertido hoy una estación de tren cualquiera, un lugar habitual de paso para miles de personas, acostumbrado a los sonidos de las sirenas de los trenes y que hoy se ha llenado de gritos, lamentos y, sobre todo, de un sonido si cabe más espeluznante, el sonido incesante de los móviles de las víctimas, llamadas de familiares angustiados por sus seres queridos que esperan que descuelgue en cualquier momento y les libre de tan horrible incertidumbre, pero no, no contestarán, porque ya no pueden oírlo, ya no están, se los han llevado, se los ha llevado una guerra injusta contra no se sabe qué, una sed de sangre que no se sacia y que, como los monstruos de cuento, exige cada tanto nuevas víctimas para apaciguar su ira. ¿Y qué hacemos? Hasta ahora, como en los cuentos, nos hemos resignado a sacrificar algunas víctimas con la esperanza de que el monstruo se calme y no dé señales de vida por un tiempo, asumimos la pérdida estoicamente como algo que nos ha tocado vivir en este, nuestro país. Pero no, lo de hoy ya pasa de castaño oscuro. Hoy la bestia ha sido insospechadamente cruel con todos nosotros. Ya no se conforma. Ya no avisa. Ya no atiende a ruegos. Y ya va siendo hora de que cada cual haga lo que tiene que hacer: los médicos luchan por salvar a los heridos de las garras de la muerte, la gente dona su sangre, los periodistas intentan informar lo mejor que pueden, disimulando la voz quebrada por el llanto; los políticos olvidan por un día su carrera de obstáculos hacia la presidencia y se preguntan en silencio si no pudieron quizá hacer más; los curas rezan a su dios, y yo escribo, con la esperanza de que mis palabras lleguen a la gente y se dé cuenta de que aún no es tarde para ponerle remedio, de que, no sólo en los cuentos, David es capaz de vencer a Goliat.