viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO I

Puesto que últimamente no tengo demasiado tiempo para ponerme a escribir, iré colgando por capítulos este relato (que todavía no he acabado) para que no os aburráis de ver siempre lo mismo. Espero que os guste. Por supuesto, tendré muy en cuenta todas vuestras sugerencias. ;)
LA BUENA ESTRELLA
Marc descendió del avión con el cansancio del viaje reflejado en su rostro, pero también con la ilusión de haber llegado por fin al país que se iba a convertir en su hogar por espacio de todo un año. Llamó a un taxi y le dio al taxista las señas de la ONG. Durante el trayecto, se aplicó en observar el paisaje a través de la ventanilla, y al hacerlo no pudo evitar sentir una punzada de desesperanza. Nada de lo que le habían anunciado sus compañeros ni de lo que había leído presagiaba lo que ahora descubría con sus propios ojos. El paisaje resultaba mucho más desolador de lo que se había imaginado. Por todas partes se mostraba la miseria con sus múltiples caras. A un lado de la calle, una marabunta de niños harapientos distraían su hambre y su pena corriendo, con la mano extendida, tras unos turistas que no parecían estar demasiado por la labor; mujeres de rostro abatido y cansado trajinaban enormes bultos de un lado para otro; hombres de gesto huraño discutían acaloradamente y amenazaban con enzarzarse en una pelea a las primeras de cambio; jóvenes muchachas ensayaban por las esquinas sus mejores sonrisas con las que cautivar a algún incauto lo suficientemente necesitado de amor fingido como ellas de dinero fácil o no tanto. Por un instante, la sonrisa de una de esas chicas le trajo a la memoria otra que conocía muy bien, la que tiempo atrás bastaba con insinuarse para contagiarlo de felicidad, esa sonrisa que ahora sentía tan lejana, tan perdida ya. Pero la memoria es traicionera, llega sin avisar, por eso le trajo también el recuerdo de su dueña, ese recuerdo del que venía huyendo desde España y que, por lo visto, le había seguido hasta allí, empeñado en no separarse de él, por mucho que él quisiera evitarlo.
–Ya hemos llegado, señor… –dijo de repente el taxista, devolviéndolo de nuevo a la realidad.
–¡Ah, sí! Gracias.
Marc se apeó del taxi, recogió su equipaje y se dirigió a la entrada de lo que parecía un moderno edificio de oficinas. En un primer momento dudó de si aquélla era la dirección correcta, pues el inmueble se le antojó demasiado ostentoso como para albergar la sede de una ONG que trabaja sin ánimo de lucro. Pero sí, no había duda, era allí. En la puerta se distinguía claramente el logotipo de la organización. Entró, pues, y se acercó al mostrador de recepción.
–Buenos días –dijo, dejando la maleta a sus pies.
–Buenos días –le contestó a su vez una mujer joven, bastante elegante, que no apartó la vista de sus papeles hasta pasados unos segundos. Cuando por fin se dignó a mirarlo, Marc descubrió con placer que tenía unos ojos increíbles, de un color verdiazul casi imposible. Aunque la muchacha llevaba gafas, éstas no conseguían restarles ni un ápice de su belleza. «Desde luego, esos ojos podrían llevar a cualquiera del cielo al infierno en un segundo», pensó Marc, sin dejar de mirarla.
–¿Es usted…? –le preguntó algo turbada, notando la intensidad con que la miraba el recién llegado.
–Marc, soy Marc –se apresuró a contestar él–, el profesor de adultos.
–Eso, Marc, disculpe. No recordaba… Ahora mismo doy aviso.
La chica salió apresuradamente de detrás del mostrador y entró en un despacho, al otro lado del pasillo. Marc aprovechó para sentarse en un cómodo sofá de cuero negro, dispuesto en una lujosa sala de espera. Pasaron algunos minutos sin que se produjera el más mínimo movimiento. Ya empezaba a preguntarse si no le hubiera sido más fácil a la recepcionista avisar por teléfono cuando se abrió la puerta. Marc se levantó rápidamente, como impulsado por un resorte oculto.
Un hombre de mediana edad, vestido impecablemente con traje y corbata, salió muy sonriente y, tras él, la recepcionista. Ésta tomó asiento tras el mostrador y se enfrascó de nuevo en su tarea.
–¿Qué tal, Marc? Soy Tomás, el coordinador general –le saludó el hombre, estrechándole la mano, y sin dejar de sonreír–. ¿Ha tenido un feliz vuelo?
–Sí, excelente, gracias. Algo cansado, pero sin imprevistos –respondió Marc.
–Estará impaciente por instalarse, supongo…
–La verdad es que sí. Me iría bien descansar y asearme un poco –añadió. De repente se sentía sucio ante la exhibición de exquisita pulcritud y elegancia de su interlocutor.
–De acuerdo. Avisaré a Manuel para que lo acompañe hasta su alojamiento. Mañana ya tendrá tiempo de conocer al resto del equipo y ponerse manos a la obra... –el coordinador se despidió de él con otro apretón de manos y se dirigió hacia su despacho. Al pasar junto a la recepcionista le dio algunas instrucciones y desapareció tras la puerta.
–Espere aquí un momento, por favor. En seguida llegará Manuel –le indicó la joven.
Marc se sentó de nuevo y, para hacer tiempo, rebuscó entre un montón de revistas que descansaban sobre la mesita. Todas pertenecían a la organización. Tomó una al azar y empezó a hojearla sin demasiado entusiasmo, deteniéndose de vez en cuando a observar alguna fotografía curiosa o a leer un titular que llamaba su atención. Se sentía inquieto. No sabía por qué, pero Tomás no le había causado demasiada buena impresión, pese a su impecable presencia. Había algo en su mirada que no le inspiraba confianza. Además, sentía una aversión natural por la gente de sonrisa postiza. Para él, una sonrisa era una caricia, el beso de un tímido, un regalo que surge inesperadamente entre dos personas, una cualidad exclusivamente humana que hay que mimar y ofrecer de forma generosa pero espontánea, no como un gesto estudiado que algunos cuelgan de su cara como un cuadro que exhiben a todas horas. Ése era el caso de Tomás. La línea de sus labios dibujaba una eterna sonrisa, pero sus ojos eran fríos, no sonreían. Marc tuvo el presentimiento de que tendría problemas con él. Intentó apartar de su mente ese pensamiento hojeando otra revista, pero, antes de que llegara a decidirse por una en concreto, vio entrar a un nativo, que se acercó con paso rápido al mostrador. Marc supuso que sería Manuel.
Era un chico joven. Le calculó unos 24 o 25 años, algunos menos que él. No era demasiado alto, pero su cuerpo, seco y fibroso, le llamó la atención. Todos los habitantes de aquella zona tenían una constitución física semejante, seguramente debida a las duras condiciones de vida que se veían obligados a soportar. El muchacho intercambió unas palabras con la recepcionista y, al momento, volvió la vista hacia Marc, al que obsequió con una sonrisa, ésta sí, sincera y cálida. Por primera vez en todo el día, Marc se sintió reconfortado.
–Hola, soy Manué –le dijo, llegando hasta él–. ¿No trae má’ valija’? –preguntó extrañado, señalando la maleta que descansaba en el suelo. Su inconfundible acento hizo que Marc tomara conciencia de repente de dónde estaba. Por fin sentía que estaba con gente normal, del pueblo, y no como hasta ahora, perdido entre Barbie y Kent.
–Pues no –contestó Marc, que empezaba a sentir unas ganas enormes de salir cuanto antes de allí–. La verdad es que con una me sobra. ¿Vamos? –añadió, guiñándole un ojo. Manuel asintió con la cabeza e hizo ademán de coger la maleta, pero Marc se le adelantó–. No se moleste, yo la llevo.
–No e’ mole’tia, e’ mi trabajo… –Manuel, incómodo ante aquel contratiempo, lanzaba constantes miradas a la recepcionista, que observaba con disimulo la escena. Marc se percató y dejó finalmente que Manuel le llevara la maleta. Éste pareció agradecérselo con un gesto de alivio.
Salieron al exterior y Manuel lo guió hasta una ranchera estacionada cerca. Era un modelo muy antiguo, pero representaba todo un lujo en un lugar como aquél, en el que los más afortunados paseaban su suerte en bicicleta. Marc, al tomar asiento, se preguntó si aquel vehículo pertenecería también a la organización. Un pequeño logotipo en la esquina superior de la luna delantera confirmó sus sospechas. Hacía un bochorno increíble, así que bajaron las ventanillas y se pusieron en marcha.
–¿Tardaremos mucho? –preguntó Marc, que empezaba a acusar el cansancio de todo el día.
–No, patrón. Uno’ dié minuto’ –contestó Manuel, enfilando por una carretera de tierra.
–No me llame patrón, por favor. Yo me dedico a la enseñanza, no a los negocios.
–D’acuerdo, pa…, digo señó. Pero no me trate d’u’té. No e’ que no me gu’te, pero n’hace pa mí; aquí n’el pueblo, cualquié buen hijo de vesino mataría porque lo llamaran d’u’té, pero pa eso hay q’habé nasío en cuna, y no de pie, como yo.
–Vamos, vamos, no diga eso, Manuel. A todo el mundo se le puede tratar de usted.
–¡¡Ja, se ve que no e’ d’aquí, patrón!! ¡Huy! –añadió al instante, llevándose una mano a la boca como un niño pillado en falta. Le salió tan del alma que ambos se echaron a reír.
–Está bien –dijo Marc, todavía riendo–, tú ganas, llámame como quieras…
Manuel no le había engañado. Pasaban poco más de diez minutos cuando llegaron al campamento. Aunque era ya de noche, Marc distinguió entre sombras varias construcciones.
–Ése e’l colegio: La Buena E’trella –se apresuró a decir Manuel, notando su interés–. Ahí é onde tomamo la’ clase’. A un lao lo’ niño’ y, a l’otro, lo’ mayore’.
–¿Tú también asistes a clase? –preguntó Marc con curiosidad.
–Sí, mayore’ y xiquito’; tos los que tenemo la suerte de viví aquí n’el campamento –respondió con orgullo–. Mire, ésa é l’infermería, y ésa, l’iglesia –señaló al doblar la esquina.
Avanzaron unos cientos de metros más y Manuel detuvo el vehículo junto a unos bungalows de madera.
–Aquí é –le indicó, bajando del coche y sacando la maleta.
Marc respiró aliviado. No veía el momento de quedarse a solas y empezar a organizar sus cosas.
–Bueno, pue’ que descanse... Ya mañanita no’ vemo’ n’el colegio –añadió.
–Sí, hasta mañana.
Manuel hizo maniobrar el vehículo y tomó el camino de vuelta. Sacó el brazo por la ventanilla y saludó a modo de despedida.
Marc le devolvió el saludo y se dispuso a entrar en el bungalow. El interior estaba a oscuras. Palpó con cuidado la pared en busca del interruptor. Al dar con él y pulsarlo, se llevó un susto mayúsculo.
–¡¡Sorpresa!! –gritaron al unísono dos muchachas y un chico, que enseguida vinieron a saludarlo efusivamente. Marc se quedó anonadado ante aquel recibimiento.
–Tú eres Marc, ¿verdad? –se adelantó a decir una de las chicas–. Yo soy Rosa, la enfermera. Encantada de conocerte.
–Marc recibió dos sonoros besos en la mejilla que le hicieron ruborizarse un poco–. Éste es Frank –continuó ella, sin percatarse de ello–. Es el capellán. ¿No lo parece, verdad? Tan joven… Y ella –dijo, señalando a su compañera– es Marga, la maestra de los pequeños.
–Ya tenía ganas de que llegaran refuerzos –le dijo Marga, tomando la palabra.
–Bueno… –contestó Marc, sobreponiéndose aún de la sorpresa–. La verdad es que si hubiera sabido que me esperaba un recibimiento tan caluroso, quizá me hubiera presentado antes.
Todos se echaron a reír.
–Debes de tener hambre, ¿verdad? –le preguntó Frank, alargándole una bandeja con canapés–. Los hemos preparado especialmente para la ocasión. Lo siento, pero champán no tenemos. Aquí es casi más difícil de encontrar que el oro –se disculpó–. Espero que no te importe brindar con refrescos…
–No, por favor, ni mucho menos. Bastante habéis hecho ya. Os lo agradezco mucho, de verdad –contestó Marc, azorado.
Entre sorbo y bocado lo pusieron al corriente de los trabajos que se llevaban a cabo en el campamento, de los problemas con los que se encontraban en el transcurso del día a día, de las miserias de la pobreza, pero también de la bondad de aquellas gentes, de su gran corazón, de lo agradecidos y afortunados que se sentían de recibir ayuda. La velada resultó tan animada que les dio la medianoche.
–¡Madre mía! ¿Habéis visto qué hora es? –exclamó Rosa, señalando su reloj de pulsera.
–Sí, es muy tarde, y mañana nos espera otro duro día. Será mejor que dejemos la fiesta por hoy –añadió Marga.
Recogieron con rapidez los restos de la celebración y se despidieron afectuosamente de Marc. Al quedarse solo echó una ojeada a la estancia. Con el ajetreo apenas había podido fijarse. No estaba mal, pensó. Tenía todo lo indispensable; sin lujos, pero confortable. Estaba tan cansado que se dejó caer sobre la cama. Al momento, se quedó dormido.
Antiguos comentarios:

Amiga, me gustó mucho
Empecé a leerla solo para ver de qué se trataba y no la dejé hasta que terminé el capítulo. ¿Eso te dice algo? El primer capítulo me lleva atrapada.
Enviado por marysantiago200601 03/08/07 17:58
Je, je...
No sabes cómo me alegra leer eso... ;)
Enviado por esteruca 03/08/07 22:32