viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO II

Cuando, a la mañana siguiente, la alarma de su reloj lo avisó de que ya era hora de levantarse, lo primero que vieron sus ojos fueron las vigas de madera del techo del bungalow. Dio un respingo, desorientado, pero al instante volvieron a su mente las imágenes de la noche anterior y sonrió, ya más tranquilo. Estaba seguro de que se iba a llevar de maravilla con sus compañeros. Eran estupendos. «Bien –se dijo, recordando lo que le había llevado hasta allí–, ahora ha llegado el momento de la verdad.»
Al levantarse de la cama observó con disgusto que había dormido vestido. Se dio una ducha rápida, se afeitó, tomó un café y, tras demorarse un rato en la elección de la ropa que se pondría, salió finalmente, con su carpeta y su libro preferido bajo el brazo. A medida que se acercaba a la escuela, empezó a sentir que un cosquilleo le subía por el estómago. Era su primer día en aquel país y en aquel trabajo. Demasiadas novedades juntas. Intentó sobreponerse. Debía dar una apariencia de tranquilidad, de seguridad en sí mismo.
Llegó seis o siete minutos antes de la hora y, al entrar en el aula, descubrió que la mayor parte de sus alumnos ya ocupaban diligentemente sus asientos. «¡Qué puntuales! –pensó–. Eso está bien.» En su mayoría eran mujeres, de edades muy dispares. Calculó a ojo que la más joven rondaría los 13 y la mayor, los 45. Algunas adolescentes cuchichearon entre risitas al verlo entrar. Los pocos hombres que había, unos cinco, incluido Manuel, que lo saludó con un movimiento rápido de la mano, lo observaban con curiosidad, pero en silencio.
Mientras Marc colocaba sus cosas en la mesa fueron llegando los demás, que tomaron asiento rápidamente, procurando pasar lo más inadvertidos posibles. A las 9 en punto, Marc dio comienzo a la clase. Empezó por presentarse y pedir a cada alumno que dijera su nombre y por qué estaba allí. Eso contribuyó a crear una atmósfera más distendida y le permitió conocer un poco la realidad de cada uno. Prácticamente todos coincidieron en una cosa: pensaban que aprender a leer y escribir les ayudaría a mejorar su vida. Una mujer explicó que su hijo pequeño estudiaba en la clase de al lado, con Marga, y que ya empezaba a leer, y que ella también quería aprender para que él no se avergonzara nunca de ella.
–Pue’ a mí no m’han d’engañá má’ –intervino un hombre–. Si no sabe’ de número’, t’engañan con la plata del jorná.
Las chicas más jóvenes permanecían ahora en silencio, algo cohibidas. Sólo una se atrevió a hablar. Se llamaba Esperanza y quería estudiar para salir de aquel país y buscarse un porvenir digno. Marc recordó entonces su llegada al pueblo, a las chicas de más o menos la edad de ésta que deambulaban por las esquinas, prostituidas por el peor y más cruel proxeneta de todos: la pobreza. Marc simpatizó al instante con la muchacha. Su sueño era el más ambicioso de todos, aunque no imposible. Tan sólo debía hacer honor a su nombre y no perder la ilusión. Se dijo que él haría todo lo estuviera en su mano por ayudarla.
–¿Y tú, Manuel? –dijo dirigiéndose entonces al muchacho, que permanecía muy callado–. ¿Tú por qué quieres aprender a leer y escribir?
Manuel se sonrojó. Pareció dudar un momento de si responder o no.
–Mmm… La verdá é que mi’ motivo’ –arrancó finalmente– son algo diferente’. Yo no tengo hijo’ que puean avergonsarse de mí, ni jorná con que me puean engañá, y sé que nunca saldré d’e’te paí’, ni quiero…
Manuel hizo una pausa. Toda la clase estaba en suspenso. Desde luego, sabía cómo crear expectación.
–¿Entonces…? –le animó a seguir Marc, igualmente intrigado.
–Pue’…, yo quiero aprendé…, sobre tó…, pa casame con Lupe –concluyó, resuelto.
Toda la clase estalló en carcajadas. Marc tuvo que hacer enormes esfuerzos para reprimirse. Intentó calmarlos, pero le fue imposible. A él también se le escapaba la risa. Manuel los miraba a todos con gesto serio, ofendido, pero finalmente, viendo que no le hacían el menor caso y que era inútil enfadarse, acabó uniéndose a ellos.
Al cabo de un par de minutos, cuando la clase se hubo tranquilizado, Marc continuó:
–Muy bien, como veis, todos tenéis algún motivo para querer aprender a leer y escribir. Y eso es porque, instintivamente, sabéis que la palabra es un arma muy poderosa. Y digo arma porque también sirve para hacer daño, no creáis... Os voy a explicar una historia, bueno en realidad un cuento, para que veáis hasta qué punto puede resultar decisivo en la vida de una persona saber leer. –Marc hizo una pequeña pausa, carraspeó y comenzó su relato–. Había una vez, en el lejano Japón, un señor que tenía muchas tierras y muchos campesinos a su cargo. Un día, mandó llamar a uno de ellos, un muchacho joven y analfabeto, y le dio una carta con el encargo de llevarla a casa del forjador. Como os podéis imaginar, el muchacho no cabía en sí de gozo. Se sentía tremendamente honrado de que su señor le hubiese encomendado esa tarea a él. Marchó al día siguiente y, como el camino era largo, se paró a descansar junto a una fuente. Al cabo de un rato, pasó por allí un samurái, que se detuvo también a descansar. Entablaron conversación y se hicieron amigos. El chico le comentó el encargo que tenía de entregar la carta y el samurái, llevado por la curiosidad, le pidió que se la dejara leer. Al hacerlo, quedó estupefacto; preguntó al muchacho si no sabía lo que allí decía. El muchacho contestó que no, que no sabía leer. Entonces, el samurái se lo explicó: su señor le pedía al forjador que probara el filo de su nueva espada y que no dudara en utilizarla con el portador de la carta. Podéis pensar qué cara de susto se le puso al muchacho. Estaba llevando su propia sentencia de muerte a casa del verdugo. El samurái se apiadó de él y le dijo que no se preocupara, que rompiera la carta y que se fuera con él, que le enseñaría a leer y le daría un trabajo digno. Así pues, fijaos en cómo el muchacho estuvo a punto de perder la vida simplemente por no saber leer.
Se escucharon murmullos en la clase, sobre todo de los hombres, que comentaban entre sí, indignados, las injusticias y abusos que tenían que soportar de los patrones. Marc, sin quererlo, había sublevado los ánimos de aquellas gentes, que se identificaban con el protagonista de la historia más de lo que les hubiera gustado. En aquel momento, sonó el timbre. Las dos horas de clase habían pasado volando. A Marc no le importó no haber entrado en materia. Habían dado un paso muy importante: se habían conocido y habían creado lazos. Se sintió afortunado de estar allí, de la tarea que tenía por delante con aquellas gentes, y feliz por primera vez en mucho tiempo.