viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO III

A la hora del desayuno coincidió con Marga en una pequeña sala que hacía las veces de oficina, sala de profesores y comedor.
–¿Qué tal el primer día? –le preguntó Marga, sonriendo.
–Bueno –contestó Marc, devolviéndole la sonrisa–, ha sido una primera toma de contacto.
–Pues a juzgar por el barullo que teníais montado, debe de haber ido muy bien… –añadió divertida.
–¡Huy! ¡Es verdad! Lo siento. No recordaba que das clase al lado. Seguramente te hemos molestado –se disculpó Marc.
–Tranquilo. Soy consciente de que el primer día puede pasar cualquier cosa. Sobre todo en el grupo de adultos. Son impredecibles…
–Son geniales –la corrigió Marc, arrebatado–. Tienen tanta vida, tantas ganas de aprender... La verdad es que los admiro. A todos y cada uno de ellos. Vengo a enseñarles y resulta que me llevo yo la primera lección: cualquier cosa es posible si se desea con la suficiente fuerza. La verdad es que he salido muy impresionado.
–Y encima te has divertido…
–Sí, bueno, es que Manuel es la bomba. ¡Tiene unas salidas!
–Manuel es un poco payaso, es verdad. Pero ahí donde lo ves es también muy responsable. Cuida de su abuela. La pobre apenas puede moverse de la cama; es muy mayor y, además, está enferma, es diabética. Manuel es su única familia, sólo se tienen el uno al otro. Él trabaja para la organización, bueno, tú ya lo has visto, como chófer, mozo, lo que sea, a cambio de los medicamentos que ella necesita.
–No sabía nada –dijo Marc, afectado–. La verdad es que ayer no tuvimos demasiado tiempo para hablar y hoy, en clase, tampoco.
–Bueno, no es que le guste hablar de su vida privada... Yo lo sé por Rosa, que va una vez a la semana para ver cómo está la anciana.
Marc recordó la escena anterior en clase, a Manuel hablando de sus sentimientos ante todos, el gesto de su cara cuando oyó las risas, y, aunque luego no pareció importarle y se lo tomó a broma, Marc no pudo evitar sentir ahora cierta nostalgia por él. Por un momento se metió en la piel de Manuel. Él también había desnudado su alma muchas veces, tantas como cartas, llamadas y mensajes le dejó a Ana, y que no sirvieron de nada, quizá para hacerle pasar también un buen rato a costa de su sufrimiento.
–¿Estás bien? –le preguntó Marga, inquieta.
–¿Eh? Sí, sí… –dijo él, regresando de sus pensamientos–. No es nada, es que de repente me he acordado de alguien.
–Pues, a juzgar por tu cara, te ha dejado tocado…
–Sí –contestó conmovido–, aún duele. Nos vemos mañana, ¿vale?
Marc se levantó apresuradamente y salió por la puerta con un nudo en la garganta. Habían pasado ya muchos meses desde lo de Ana, y, sin embargo, cuando creía que la herida ya estaba cicatrizada, siempre había algo que volvía para hurgar en ella y abrirla de nuevo.
Aquella noche durmió mal. Se sumió en un sueño poblado de pesadillas que no lo dejaron descansar. Cuando llegó la hora de levantarse, le dolían los huesos, tenía todos los músculos en tensión y unas ojeras que le llegaban hasta los pies. Salió arrastrándose de la cama y se metió en la ducha con la esperanza de que el agua se llevara sumidero abajo todo su malestar. En efecto, en cuanto notó la fuerza del agua contra su piel se sintió mejor, pero se le echaba el tiempo encima, así que no pudo demorarse todo lo que le hubiera gustado en disfrutar de aquel placer. Salió en seguida de la ducha, cogió una toalla, se la enrolló a la cintura y se dispuso a prepararse un café bien cargado. Estaba contando las cucharas de café que debía añadir a la cafetera cuando llamaron a la puerta. Marc fue a abrir.
–Hola, buenos días –dijo Marga, un poco turbada al verlo–. Ayer me dejaste preocupada y quería saber cómo estabas. «Aunque ya veo que no estás nada mal», pensó. Marc la invitó a entrar y, disculpándose, entró en la habitación para vestirse.
–¡Ah! Te he traído también tu libro. Te lo dejaste en la sala –añadió Marga alzando la voz para que él pudiera oírla desde donde estaba.
–Muchas gracias –respondió él, elevando también el tono de voz–, pero no era necesario que te molestaras en traérmelo, podía haberlo recogido luego...
–Ya, bueno, pero así tenía la excusa perfecta para venir y pillarte en paños menores –añadió ella con sonrisa pícara–. Lo oyó reír al otro lado de la habitación. Mientras esperaba a que Marc saliera, Marga pasó revista a la estancia. Todo respiraba un ambiente de serenidad y calma. Los libros estaban perfectamente alineados, los cedés, incluso las tazas del café descansaban en perfecta armonía. No había ropa por el medio ni rastro de polvo. «Este hombre es una joya», pensó admirada. Se levantó y fue hasta la estantería con la intención de echar una ojeada rápida a los libros. Casi todos eran de literatura: tratados, ensayos, estudios, y alguna que otra obra de teatro. Recordó el libro que había dejado en la mesa al entrar. Lo tomó ahora con interés y lo hojeó, deteniéndose de vez en cuando a leer algún fragmento. De repente, al pasar las hojas, sus dedos toparon con un papel distinto. Se dio cuenta de que era una carta. Cerró inmediatamente el libro y lo dejó sobre la mesa. No quería que él saliera y la pillara fisgando en sus cosas, y menos en algo tan íntimo. Pero entonces una curiosidad enfermiza se apoderó de ella. Sin pensárselo dos veces, abrió de nuevo el libro por el lugar por donde asomaba una punta de la carta y la desdobló un poco, lo suficiente para ver el encabezamiento, que iba dirigido a una tal Ana, y la fecha. Estaba escrita hacía dos meses. Por lo visto no había llegado a enviarla. La desdobló un poco más y pudo leer algo de texto: «…hasta el ser más despreciable y ruin de la Tierra tiene derecho a saber por qué se le condena...». Entonces se abrió la puerta. Marc, a su espalda, se acercaba diciéndole no sé qué, y ella cerró con rapidez el libro. Cuando Marc llegó junto a ella sólo vio a una mujer joven leyendo con aparente interés la portada trasera de su libro favorito. Lo que no vio fueron las dos manchas borrosas en que se habían convertido sus ojos.
–Ya te lo prestaré, si quieres. ¿Vamos? –dijo, cogiendo sus cosas.
–¿No tomas café? Estabas preparándolo, ¿no? –le preguntó Marga, tendiéndole el libro algo cohibida, temerosa de que pudiera leer en su rostro la huella de la culpa.
–No, es tarde. Ya lo tomaré luego.
Hicieron casi todo el trayecto sin hablar apenas y, antes de que el silencio empezara a hacerse demasiado embarazoso entre los dos, llegaron a la escuela.
–Bueno, pues de nuevo a la tarea… –dijo ella, intentando bromear–. Hoy les hablaré del mar.–¡El mar! ¡Me encanta el mar! –contestó Marc risueño. Se quedó un instante pensativo y luego, mirándola fijamente a los ojos, añadió–: A ti y a mí nos une el mar.
Marga se quedó estupefacta. «¡Sí, claro! –le aclaró él, divertido–, piensa en nuestros nombres…». Y acto seguido entró en clase. Marga reflexionó un instante y, sonriendo, entró también en su aula.


Antiguos comentarios:

Muy bien...
De tres, llevas tres...
Enviado por marysantiago200601 31/08/07 20:57

Tres... :) :) :)
Enviado por esteruca 01/09/07 23:06

Pues sí...
De tres capítulos, me han gustado los tres... :)
Enviado por marysantiago200601 03/09/07 01:49