viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO IV

Los días se fueron sucediendo con increíble rapidez. Marc se sentía muy a gusto con sus compañeros y veía cómo las clases empezaban a dar sus frutos. Los alumnos se aplicaban día tras día y suplían las carencias con sus enormes ganas de aprender. Marc estaba maravillado de la tenacidad de estas gentes, de su espíritu de superación.
Con los meses, cuando la mayoría hubo superado el proceso básico de alfabetización, Marc se atrevió a hablarles de literatura. En realidad, él era profesor de literatura, no de lengua, y no veía el momento de poder dedicar siquiera un minuto a su pasión. Así que, aquel día, dejó a un lado los ejercicios de lectura y las hojas pautadas que llevaban acompañándolo durante meses y sacó un libro de su bolsa.
–Hoy vamos a hacer algo distinto. Hoy no seréis vosotros quienes leáis, sino yo. Voy a leeros un fragmento de mi obra de teatro favorita –dijo, mostrándoles el libro.
En la clase se oyeron murmullos de admiración. Entusiasmados ante aquella novedad, todos permanecían expectantes. Marc se aclaró la voz.
–Antes de empezar a leer el texto dejadme que os explique brevemente de qué trata la obra. Bien –prosiguió tras hacer una breve pausa–, en esta escena, Cyrano, que es el protagonista, va a ver a su prima Roxana, de la que está enamorado en secreto desde hace muchos años. Ella está muy triste porque su amor, un joven caballero amigo de Cyrano, ha muerto en la guerra. De él sólo le queda una carta, manchada de sangre. Ella no lo sabe, pero Cyrano acude ese día herido de muer...
–¿Y por qué no s’ha declarao? –le interrumpió Manuel, exaltado.
–Cyrano no le ha declarado su amor por dos motivos: primero, porque está acomplejado por su enorme nariz, y segundo, porque sabe que ella está enamorada de otro hombre, aunque sea gracias a él, que lo ha hecho pasar por poeta.
–Pue’... –apuntó Esperanza–, si l’otro é má’ guapo...
–Sí, el caballero es más guapo –asintió Marc, divertido ante aquel acceso de espontaneidad–, pero Roxana está enamorada de él por sus palabras, y ésas son de su primo Cyrano, que es el verdadero poeta. De ahí lo que os digo siempre, el enorme poder que tiene la palabra. Pero bueno, no me entretengáis más, dejadme que os lea este fragmento y luego me preguntáis lo que queráis. ¡Ah! Como es teatro, os leeré el nombre del personaje que habla, para que no perdáis el hilo, y las acotaciones, que son indicaciones que da el autor para representar la obra. Venga, allá voy...
Marc empezó a leer:
Roxana.- (Extrañando que Cyrano no continúe, se vuelve, le mira y se levanta asustada.) ¿Se ha desmayado? ¡Cyrano! ¿Qué tenéis?
Cyrano.- (Abriendo los ojos; con voz vaga.) Nada, un ligero malestar.
Roxana.- ¿Estáis malo?
Cyrano.- (Al ver a Roxana inclinada sobre él, asegúrase con un movimiento brusco el sombrero en la cabeza y se echa atrás en su sillón.) No; la herida que recibí en Arrás... y que aún siento.
Roxana.- ¡Pobre amigo!
Cyrano.- No es nada, lo repito. Pasará... ¡ya pasó! (Sonríe con esfuerzo.)
Roxana.- (En pie, cerca de él.) Todos tenemos nuestra herida; la mía aquí, aún abierta (poniéndose una mano en el pecho), debajo del papel ya amarillento, con huellas de su sangre y de su llanto. (Empieza a anochecer.)
Cyrano.- ¡Su carta! Me ofrecisteis, hace tiempo, dejádmela leer.
Roxana.- Sí, cualquier día.
Cyrano.- ¿Queréis hoy?
Roxana.- Si esto os place...
Cyrano.- Lo deseo.
Roxana.- (Dándole el medallón que pendía de su cuello.) Tomad.
Cyrano.- (Tomando la carta.) ¿La puedo abrir?
Roxana.- Sí, amigo mío. (Roxana recoge la labor y los enseres.)
Cyrano.- (Leyendo.) "Por ti, mi encanto, rebosa el corazón amor inmenso; y muero, y mis miradas codiciosas, festín supremo de mis ojos ebrios con tu beldad..."
Roxana.- ¡Qué bien leéis!
Cyrano.- (Continuando.) "...ya nunca al vuelo besarán tu menor gesto. Todos hoy los refleja, enardecido, en trance tan cruel, mi pensamiento; y uno entre los demás: el que te es propio al acercar los primorosos dedos a la frente..."
Roxana.- ¡Qué bien leéis! (Va oscureciéndose sensiblemente.)
Cyrano.- "Y ansío gritar, y grito: ¡Adiós!..."
Roxana.- ¡Oh! Leéis...
Cyrano. "Mi dueño..."... con una voz...
Cyrano.- "... mi dicha, mi tesoro..."
Roxana.- ... ¡que yo escuché otra vez! (Roxana se le acerca sin que él lo note, se coloca detrás del sillón, se inclina y mira la carta. La oscuridad aumenta.)
Cyrano.- "De mis recuerdos ni un punto se alejó tu bella imagen, porque soy, y seré después de muerto, quien te ama, quien por ti..."
Roxana.- (Poniéndole una mano en el hombro.) ¿Cómo es posible que a oscuras la leáis? Yo nada veo. (Cyrano se estremece, se vuelve, ve a Roxana, hace un movimiento de espanto, baja la cabeza. Larga pausa. Luego, entre las sombras que ya los envuelven por completo, Roxana, con las manos juntas, dice lentamente, deteniéndose en cada palabra.)
Roxana.- ¡Infeliz! ¡Y pasasteis catorce años como amigo viniendo a este convento para mi distracción!...
Cyrano.- ¡Ah! Yo, Roxana...
Roxana.- ¡Quien me amaba erais vos!
Cyrano.- ¡No!
Roxana.- ¡Conocerlo debí cuando mi nombre proferíais!
Cyrano.- ¡No era yo! ¡No era yo!
Roxana.- (Con vehemencia.) ¡Vos! ¡Oh! ¡Comprendo cuán generosa fue vuestra impostura! ¡Las cartas!...¡Erais vos!
Cyrano.- ¡No!
Roxana.- (Siempre con vehemencia.) Los conceptos apasionados...
Cyrano.- ¡No!
Roxana.- La voz que puede aquella noche oír..., ¡vos!, ¡todo vuestro!
Cyrano.- ¡Juro que no!
Roxana.- ¡Vibraba allí vuestra alma!
Cyrano.- Yo no os amaba.
Roxana.- ¡Sí!
Cyrano.- ¡Tened por cierto que era el otro!
Roxana.- ¡Mentira! ¡Vos, vos erais!
Cyrano.- ¡Ah, no, no!
Roxana.- ¿A qué negarlo, si el acento os vende? ¡Vaciláis!
Cyrano.- (Vencido, con pasión.) ¡No, no, amor mío, yo no os amé jamás!
Roxana.- ¡Ah! ¡Mis recuerdos!... ¡Un mundo hecho pavesas, que renace!... ¿Por qué, por qué ocultasteis tanto tiempo, Cyrano, vuestro amor, si estaba escrito por vos ese billete, si era vuestro ese llanto?...
Cyrano.- (Dándole la carta.) Esa sangre era la suya.
Marc pronunció esto último con voz rotunda y calló, dejando que sus alumnos asimilaran lo que acababan de escuchar. La clase permanecía en silencio.
–¿Y bien? ¿Qué os ha parecido? –dijo, cerrando el libro y dejándolo sobre la mesa. La clase seguía en total mutismo. No se oía ni el vuelo de una mosca–. ¿Nadie dice nada?
–Ha sío presioso –se aventuró a decir Esperanza, algo cohibida, desde el fondo. Como un pistoletazo de salida, esto sirvió para que, de repente, todos quisieran decir la suya.
–¿Por qué hablan tan raro...?
–¿Pero ella a quién quiere, a él o a l’otro...?
–¿Él la quiere o no la quiere? Pue’ dice to’l rato que no...
–¿No era una carta? ¡Ha dixo un billete!
–A ver, a ver... –intentó calmarlos Marc–. Vayamos por orden. Bien –prosiguió, una vez que la clase fue quedando en silencio–, ella cree estar enamorada del caballero que murió en la guerra, pero al darse cuenta de que era su primo quien ponía las palabras, el sentimiento, la pasión en ellas, y que incluso la carta estaba escrita por él, descubre que su primo ha estado siempre enamorado de ella. Él lo niega por vergüenza y por lealtad a su compañero, pero en este caso, y por primera vez, sus palabras no son convincentes.
–¿Y ella cómo s’ha dao cuenta? –preguntó Esperanza.
–Pues se ha dado cuenta porque oscurece y descubre que Cyrano no está leyendo la carta, sino relatándola de memoria, cuando en teoría él no la había visto jamás hasta entonces. Y billete es lo mismo que carta, se refiere a una carta corta.
–¡Ahhh! ¡Qu’hermosa historia d’amor! Yo casi m’he visto allí mismito, a su lao –exclamó Esperanza, totalmente arrebatada por el relato.
–Ése es el poder de las palabras... Los escritores crean ilusión, como los magos. Son capaces de transportarte, con sus historias, a cualquier lugar lejano sin moverte del sitio. Es un viaje interior, de la mente, una experiencia excitante que sólo proporcionan las palab...
Marc no pudo continuar. La estridencia del timbre que anunciaba el final de clase ahogó su voz.
–Bueno, habrá que dejarlo por hoy –prosiguió una vez que dejó de sonar–. Espero que os haya gustado...
Los alumnos empezaron a salir, en grupitos, comentando en voz baja sus impresiones acerca de la historia. Las chicas parecían las más impresionadas. No dejaban de reír y cuchichear. Marc se demoró expresamente en recoger sus cosas, intentando captar los comentarios, y felicitándose internamente de que esa primera toma de contacto con la literatura hubiera sido todo un éxito. Echó un vistazo a la clase, que poco a poco se había ido vaciando, y entonces vio a Manuel, sentado todavía en su silla, mirándolo fijamente. Marc lo interrogó con la mirada.
–¿Vamos? –le sugirió entonces, señalándole la puerta–. Hay que cerrar el aula y…
–Sí, un momento –le interrumpió Manuel, levantándose de pronto y acercándose hasta él–. Nesesito hablá con u’té. –Parecía angustiado.
–Tú dirás…
Manuel bajó la mirada, apesadumbrado, y permaneció unos segundos en silencio.
–¿Sucede algo, Manuel? –Marc empezaba a preocuparse–. ¿Estás bien?
–¿Eh? ¡Sí, sí! No se prucupe, u’té, é sólo que… En fin, que nesesito que m’haga un favó mu grande –Manuel seguía con la vista fija en sus zapatos.
–¿Y bien? ¿De qué se trata? Manuel elevó la mirada por fin y la clavó en los ojos de Marc con tal intensidad que éste sintió un escalofrío, pero no vio maldad en ella, tan sólo desesperación. Manuel, exhalando un profundo suspiro, le dijo:
–Hágame u’té de sireno…, po favó…
–¿Cómo? –Marc empezó a reír, pero la cara de circunstancias de Manuel lo contuvo al instante.
–¡Sí, carajo! –se impacientó Manuel, a medio camino entre la vergüenza y el descaro–. Nesesito qu’u’té m’escriba una carta d’esa’ pa Lupe, como’l sireno ese que no’ ha leío…
–¡Ahhh! –exclamó Marc, entendiendo de pronto–. ¡Que te haga de Cyrano! Pero yo no puedo hacer eso. Sería engañarla. No me parece justo que…
–Mire –le interrumpió Manuel, con semblante serio–, ante’ que me diga lo qu’é ju’to y lo que no, déjeme e’plicarle algo.
Manuel le puso al corriente de toda su historia. Llevaba años enamorado de Lupe. Se conocían desde niños y se habían prometido en secreto. Él tenía la esperanza de que, con el tiempo, podría hacerla su esposa. Ahora que eran adultos, había llegado el momento, pero el destino le había jugado una mala pasada. La familia de ella era de origen humilde, igual que él, pero el padre de Lupe se había convertido en la mano derecha de Tomás y, de un tiempo a esta parte, parecían irle muy bien las cosas. Había prosperado mucho y ahora le estaba buscando a su hija un novio con buena dote. Ya no se conformaba con casarla con cualquiera. Obviamente, Manuel, sin estudios ni dinero, no entraba en la lista de pretendientes a tener en cuenta. Además, él no era bien visto por la familia…
–¿Y eso por qué? –quiso saber Marc, intrigado.
El rostro de Manuel se volvió sombrío.
–No fue ná… Una niñería... –Estaba claro que remover aquellos recuerdos le causaba dolor–. La cosa é que yo la quiero de verdá y toy di’pue’to a tó. Por eso quiero aprendé a leé, ya se lo e’pliqué al principio del curso, y trabajo to lo que pueo pa pro’perá y merecela… –al decir esto, estalló en un sollozo ahogado, del que intentó recomponerse sin demasiado éxito.
–Tranquilo, Manuel –Marc le dio un amistoso toque en el hombro para reconfortarlo, pero lejos de conseguirlo, sólo sirvió para que Manuel se derrumbara totalmente, preso de un llanto incontenible. Marc también sabía lo que era sufrir por amor. Mientras lo abrazaba, sintió revivir de nuevo en su interior ese dolor punzante que le atenazaba la boca del estómago, en ese punto donde algunos sitúan el alma.
–Está bien –dijo–. Lo haré. Pero sólo una carta…
Manuel se recompuso al instante y lo besó efusivamente en ambas mejillas, entre risas y llantos. Se secó las lágrimas toscamente, con las mangas. Ahora parecía un niño con zapatos nuevos. Estaba entusiasmado. Marc se preguntó si no se habría precipitado al aceptar un encargo tan comprometido, pero al recordar la historia que acababa de contarle Manuel, se disiparon todas sus dudas. Además, al fin y al cabo, ¿no era él un enamorado de la poesía, del amor, de las palabras? Miró su libro, que llevaba acompañándolo tantos años, su favorito, y se dijo que, desde ese momento, se convertía en el segundo Cyrano de la historia.
–Entonce, ¿cuándo va a e’crebirla? –preguntó Manuel, sacándolo de sus ensoñaciones.
–Pues no sé… ¿Tanta prisa hay?
–Cuanto ante’ mejó.
–Está bien, está bien… No te preocupes. Hoy mismo me pongo a ello. Pero, ¿ella sabe leer?
–Sí, sí –respondió Manuel–, fue a La Buena E’trella l’otro año.
–Vale. ¿Y qué quieres que le diga en la carta?
–Dígale que no sé lo que me pasa por el cuerpo cuando la veo, que toy loquito po su’ güeso’. Que me muero po tocala, po besala. ¡Si é que me pongo caliente com’un perro ná má’ de pensá n’ella! Cuando tá serca tengo que conteneme pa no lansame sobr’ella. Yo sé que soy un bruto, no tengo e’tudio’ ni ná d’eso, pero tengo do’ braso’ fuerte’ pa trabajá y gana’, qu’é lo prensipal, ¿verdá? ¿U’té qué cré? ¿Funsionará la carta?
–Hombre, Manuel, estas cosas del amor son lentas. Enamorar a una mujer es como el buen vino, necesita su tiempo.
–Bueno, bueno, ¡pue’ hala! –le soltó Manuel, resuelto, dirigiéndose hacia la puerta–, póngase ya a e’crebir lo que l’he dixo pa que se la puea mandá cuanto ante’, que ya tengo gana’ de proba’l vino ése.
Marc sonrió. «Hay cosas que nunca cambian», se dijo.
Algo más tarde, en el bungalow, Marc cogía papel y sacaba la pluma de su estuche. Al enfrentar la pluma al papel en blanco se acordó de las innumerables veces en que había estado en la misma situación, escribiendo a Ana; de todas las cartas que le había enviado y que no habían obtenido respuesta. Todavía no se explicaba qué pudo pasar. Todo iba bien entre ellos y, de repente, un día, ella se negó a verlo, no quiso ponerse al teléfono ni contestar a ninguna carta. Simplemente dijo «se acabó» y lo echó de su vida por la puerta trasera, como a un perro, sin explicaciones, sin motivos… Marc intentó dejar atrás esos dolorosos recuerdos y se concentró en escribir la carta de Manuel.
Una hora después, Marc guardó cuidadosamente la pluma, cogió la carta y la leyó un par de veces, satisfecho.
–Ay, Manuel, amigo… –dijo en voz alta–. Si consigues a esta mujer, vas a necesitar algo más que hermosas palabras para hacerla feliz. Espero que te vaya mejor que a mí.
Antiguos comentarios:

Hermoso
Muy bien con Cyrano de Bergerac.
Enviado por marysantiago200601 13/09/07 20:36
Gracias
Me alegra que te lo parezca. Sí, me encanta la historia de Cyrano... :)
Enviado por esteruca 13/09/07 21:10