sábado, 29 de diciembre de 2007

CAPÍTULO IX

Marc cerró la puerta casi sin poder creerse lo que acababa de pasar. ¡La mismísima Lupe se había presentado allí pidiendo explicaciones! Sonriendo, se asomó a la ventana a tiempo de verla desaparecer por el sendero. Era joven, sí, pero tenía carácter. ¡Y menudo carácter! La verdad es que lo había impresionado gratamente. Por un momento, envidió a Manuel y entendió su empeño por conseguirla. Él también sería capaz de cualquier cosa por el amor de una mujer así. Sin duda, Manuel se iba a llevar la alegría de su vida cuando se lo explicara.
Estaba tan entusiasmado que, de repente, ya no sentía hambre. Debía acudir cuanto antes a la cabaña de Manuel y explicarle todo lo que había pasado.
–Bueno, amigo –dijo, asomándose a la olla donde seguía debatiéndose el cangrejo–, de momento te has salido con la tuya. Pero no te muevas de ahí, ¿eh?, no tardaré…
Fue entonces, al darse la vuelta, cuando uno de sus zapatos tropezó con un saliente del suelo. Un tablón se había desencajado, por lo visto, debido al impacto de la olla al estrellarse contra el suelo. Marc se agachó y observó el tablón. No estaba roto, sólo algo golpeado, pero había algo que no cuadraba. Tiró de la punta que sobresalía y el trozo de madera cedió con excesiva facilidad. Su sorpresa fue mayúscula. En el hueco que quedaba en el suelo se veía un compartimento perfectamente trabajado. Metió la mano y sus dedos tropezaron con un bulto. Era una bolsa y contenía algo. Marc la sacó y sacudió la tierra que la cubría. Desató el nudo lo más rápido que pudo y, por fin, descubrió lo que guardaba en su interior: un cuadernillo y una caja de medicamentos. Se sintió desilusionado. No era más que el improvisado botiquín de quien fuera que ocupara su cabaña antes que él, aunque la verdad era que el sitio resultaba un poco rebuscado. Llevado por la curiosidad, abrió el cuadernillo y empezó a leer. La letra era casi ilegible, de trazo torpe, como la de alguien que empieza a escribir, pero él tenía bastante práctica, así que no le resultó demasiado difícil descifrar lo que se decía. Fue entonces cuando comprendió la trascendencia de su descubrimiento.
En mitad de aquella lluviosa noche, en la que todo el poblado dormía plácidamente, sólo se escuchaba el chapoteo de unos pasos apresurados sobre el suelo y la respiración dificultosa de una mujer atenazada por el miedo. Estaba completamente empapada, pero no parecía importarle. Su única obsesión era llegar cuanto antes al bungalow y esconder la bolsa que apretaba contra su cuerpo. Sabía que le quedaba poco tiempo. Pronto vendrían a buscarla y todo habría acabado, pero no se lo pondría fácil. Al borde de la extenuación, divisó la cabaña. Le quedaban escasos cien metros. El corazón le bombeaba a toda máquina y un insistente pinchazo en el pecho la avisaba de que estaba forzándolo en exceso, pero no podía detenerse. Ahora no. No había tiempo. Oyó el motor de un coche. Se sintió desfallecer. Se acercaban. Aspirando el aire a bocanadas, hizo un último esfuerzo y llegó hasta la cabaña; tenía las manos ateridas y estaba tan nerviosa que necesitó varios intentos para meter la llave en la cerradura. Cuando lo logró, entró y cerró rápidamente tras de sí. Buscó su pequeño cuaderno de notas, un bolígrafo y, a toda prisa, se dispuso a escribir una nota. Pronto oyó el sonido característico de las puertas de un coche, abriéndose y cerrándose, y supo que habían llegado. Su temblorosa mano apenas le permitía sostener el bolígrafo. De repente, unos golpes retumbaron en la puerta. Se sobresaltó, ya casi había terminado, sólo un poco más… Siguió escribiendo a todo correr, mientras sonaban otros dos golpes en la puerta, esta vez más urgentes. Firmó y metió el cuaderno en la bolsa en el mismo instante en que alguien hurgaba en la cerradura. Corrió hacia la cocina. ¡Dios mío! Ayúdame. Allí, se arrodilló, abrió el compartimento secreto, depositó la bolsa y colocó de nuevo el tablón que lo cubría. Respiró con alivio y se giró hacia la puerta, dedicándoles una sonrisa resignada a los dos hombres que, en ese momento, entraban y corrían hacia ella.
Marc no lo podía creer. De repente se sentía vacío, engañado, con una rabia interior que le iba en aumento segundo a segundo. Estaba totalmente anonadado. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía haber alguien tan despreciable como para jugar así con aquellas pobres gentes? Entonces, ¿todo aquello no era más que una tapadera para sus sucios negocios? No… No se saldría con la suya. No, si él podía evitarlo. Pero, ¿qué podía hacer? ¿En quién podía confiar? Aquel asunto era demasiado grave y no sabía cuánta gente más podía estar involucrada. Quizá hasta sus propios compañeros… No, no, no podía ser. No quería creerlo, pero la cuestión es que no podía arriesgarse a explicárselo a nadie. Lo mejor sería seguir como si tal cosa e investigar por su cuenta. Aunque solo le iba a resultar muy difícil y peligroso. Si lo descubrían, podía correr la misma suerte que Luisa. Sintió pena y un amago de cariño por aquella muchacha a la que no conocía, ni siquiera de oídas, y de la que sólo intuía que había ocupado el bungalow antes que él. Admiró su ingenio para idear aquel escondrijo y su valentía para enfrentarse a aquello. Seguramente le había costado la vida descubrir aquella indecencia, pero su muerte no sería inútil. Él estaba dispuesto a coger su relevo y llegar hasta el final. Pero para eso necesitaba contar con alguien de confianza, alguien que no perteneciera a la organización… De repente, Marc sonrió. ¡Pobre Manuel –se dijo, escondiendo la bolsa en su pecho y cerrando a toda prisa el bungalow–, hoy vas a tener un día lleno de sorpresas!