viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO V

Lupe dio las buenas noches a sus padres intentando denotar tranquilidad, pese a que su corazón amenazaba con estallarle en el pecho. La cena se le había hecho insoportablemente larga. No veía el momento de quedarse a solas y poder disfrutar de aquel tesoro. Mientras subía las escaleras en dirección a su habitación, los dedos de su mano derecha acariciaban a ciegas las líneas que surcaban la superficie suave de aquella carta, escondida hacía rato en su bolsillo, como si quisieran leer en ellas su destino. Cuando por fin cerró tras de sí la puerta de su habitación, se sintió aliviada. Dejó sobre la mesita la vela que llevaba, se metió en la cama y, sólo entonces, cuando comprobó que nadie podría molestarla, sacó la carta. Observó con detenimiento el sobre, la cuidada caligrafía de las letras que conformaban su nombre, Lupe, esas cuatro letras tan familiares y queridas, las primeras que aprendió en la escuela, y que parecían danzar a la luz tenue y caprichosa de la vela. Cayendo en la cuenta, de pronto, de que el interior aguardaba un tesoro aún mayor, se afanó en abrirla con toda la rapidez que sus desacostumbrados dedos la dejaron, maldiciendo su torpeza cuando rasgaron el sobre por donde no debían. Por suerte, el interior estaba intacto, no había sufrido ningún daño, así que extrajo la hoja con cuidado y se dispuso a leerla. Era la primera carta que recibía en toda su vida, y sentía una especie de respeto místico, como si fuera la mismísima letra de Dios, que se le revelaba por algún secreto misterio. Se persignó y empezó a leer.
«Querida Lupe:
Hoy me he atrevido a escribirte guiado más por mi corazón que por la razón. Te aseguro que me ha costado mucho dar este paso. Pero es que ya no puedo más. Necesito saber qué me pasa. Me pregunto si es normal que al mirarme en tus ojos desee perderme en ellos. Por qué a veces me cuesta tanto reprimir el viaje de mi mano a tu piel, en ese instante en que estás tan cerca de mí que respiramos a un tiempo el mismo aire, que a mí me quema. Me pregunto si es amor sentir que por ti daría la vida y que no me importe nada lo poco que tengo si no puedo compartirlo contigo. Desde que te conozco el mundo me parece más amable y siento que no existe nada fuera de ti y de mí.
A veces me pasa que voy caminando pensando en ti y, cuando me doy cuenta, mis pies han cogido el sendero que lleva a tu casa. Y sonrío un momento, acariciando la posibilidad de seguir adelante, pero en seguida me golpea en el pecho la triste realidad de que debo retroceder y volver atrás.
Por las noches echo a volar las miradas y sonrisas que te robé durante el día, y revolotean juguetonas a mi alrededor como mariposas, velando mi sueño.
Me pregunto por qué eres capaz de hacer que me sienta feliz si estás contenta y dejarme a morir cuando te embarga la tristeza. Tantos porqués… Yo no tengo la respuesta a estas preguntas, o quizá sí, pero no me atrevo a responderlas.
Sólo sé que siento, pero no sé si hago bien en poner mis sentimientos al descubierto. No puedo huir por más tiempo de ellos, ni puedo hacerlos desaparecer por más que lo intente. ¿Recuerdas el juramento de amor que nos hicimos de críos? En mis oídos todavía retumban aquellas palabras. Las he guardado una a una en mi memoria desde entonces, esperando poder repetirlas algún día.
Ojalá esta carta no te importune demasiado. Perdona mi atrevimiento, pero no he podido dejar de hacerlo.
Tuyo, desde siempre.
Manuel»
Lupe releyó varias veces la carta, incrédula. ¿Manuel? ¿Cómo era posible que fuera de él, que no sabía escribir apenas, una carta tan hermosa? ¿Qué clase de burla era ésa? Se sentía ofendida, humillada, ante la posibilidad de que fuera una broma, el juego de algún gracioso que se hiciera pasar por Manuel, sabiendo los sentimientos que albergaba hacia ella. Pero allí no había mucha gente que supiera escribir así y menos aún que tuviera una pluma con que hacerlo. Sabía que esas palabras no eran de él, sin embargo, la confundía el hecho de reconocer tras ellas la emotividad innegable de Manuel, una emoción contenida que le adivinaba en la mirada cuando estaban cerca y que desprendía su cuerpo a gritos sin necesidad de hablar. Sí, ella lo sabía, él la amaba. Desde siempre, era verdad. Y claro que recordaba el juramento. Fue una tarde calurosa, junto a una fuente. Ella tenía once años. Él, trece. Llevaban toda la tarde jugando con otros muchachos del pueblo y el cansancio, el calor, y quizá algo más de lo que todavía no eran demasiado conscientes, les hizo coincidir en la fuente. Manuel le cedió el turno galantemente. Lupe le sonrió y, juntando las manos bajo el caño, recogió el preciado líquido y bebió. Cuando acabó, y para su sorpresa, Manuel le cogió con suavidad las manos, se las acercó de nuevo al caño, dejó que recogieran un poco de agua y las llevó a su boca, bebiendo con cuidado. Lupe sintió el ligero pero cálido contacto de los labios de Manuel y una sacudida recorrió todo su cuerpo. Habían pasado muchos años desde entonces, pero Lupe jamás pudo olvidar aquella sensación, que le erizó el vello por completo. En aquel momento, pese a su juventud, entendió la trascendencia de ese acto, el mensaje que llevaba implícito y que, al momento, se materializó.
–Te quiero, Lupe –le susurró Manuel.
Lupe bajó los ojos avergonzada y permaneció en silencio. En su cabeza resonaban las palabras que acababa de escuchar. No sabía qué hacer, ni qué decir, si debía responder o callar. Estaba totalmente paralizada. Pasaron unos instantes antes de que se atreviera a mirarlo a los ojos. Cuando lo hizo, vio que los tenía totalmente anegados, al borde de las lágrimas. Sintió entonces una ternura infinita y la certidumbre de que él le importaba más de lo que creía.
–Yo… también… –respondió, azorada.
Manuel, loco de contento, le dio un beso en la mejilla y, asegurándose de que ninguno de sus compañeros los observaba, le dijo al oído:
–Te prometo que cuando sea mayó me casaré contigo. ¿M’e’perará’?
Ella asintió y sellaron su juramento con un beso fugaz, esta vez en los labios.
Lupe sonreía ahora al recordar esta escena, tan lejana en el tiempo ya. Aquel verano fue mágico. Se veían a escondidas cada tarde, haciéndose los encontradizos para no despertar sospechas. Se perdían en parajes tranquilos, alejados del poblado, y pasaban las horas hablando de amor, haciendo planes de futuro, imaginando una vida en común, sencilla pero feliz, en la que no tenía cabida nada malo, simplemente, porque desconocían que existiera. Por desgracia, el destino les jugó una mala pasada. La mala suerte hizo que alguien fuese testigo de uno de sus encuentros, alguien que enseguida atribuyó a los gestos cariñosos e inocentes de aquellos dos muchachos un matiz libidinoso del que por completo carecían y que, creyéndose obligado por un deber moral, lo puso en conocimiento de los padres de ella. Ni qué decir tiene lo que sucedió entonces. Lupe se estremeció al recordar el dolor sordo que sintió tras la bofetada y los insultos de su padre, que le escocieron más en el alma que en la mejilla. La llamó de todo, la consideró indigna de pertenecer a su familia, a la que según él había mancillado con su comportamiento. A punto estuvo, incluso, de repudiarla y echarla de casa si no hubiese sido por la providencial intervención de su madre.
–Tranquilo, José… –le dijo en todo quedo, intentando calmarlo.
–¡Tranquilo, dice’! Pero tú sabe’ la deshonra qu’e’to é pa…
–E’cuxa –le interrumpió–. La muxaxa dise que no ha hexo ná malo, y yo la creo. Pero, pa que te quees tranquilo, mañana la llevo a… aquélla…
Aquélla, la innombrable, la que nadie se atrevía siquiera a mencionar por su nombre de pila, como si hacerlo fuera invocar los peores males, era la santera del poblado, una mujer tan vieja y arrugada que parecía anterior a la mismísima Eva. Nadie sabía a ciencia cierta su edad, pues no quedaba nadie tan mayor que pudiera corroborarlo. Sus arrugas y sus andares maltrechos se paseaban desde siempre por los ya difusos recuerdos de infancia de los ancianos del lugar. Lupe tragó saliva al recordar aquella horrible experiencia. Hacía tiempo que había desterrado de su memoria aquellas imágenes en un intento de autoproteger su cordura. Pero era imposible, los recuerdos, por olvidados y enterrados que parezcan estar, obedecen a algún secreto resorte de la memoria que los devuelve siempre nítidos, frescos, con toda su carga de dolor a cuestas. Y ella ya no podía resistirse a ellos. La carta, el recuerdo de Manuel, la habían transportado a otro tiempo, muy lejano, pero en el que, curiosamente, el espacio era el mismo. Allí, en la cama donde ahora sostenía una carta temblorosa, dormía ella aquella mañana en que su madre vino a buscarla. En silencio, sin una palabra, con la tristeza instaurada en aquellos ojos que habían perdido la luz y que rehuían su mirada, intentando quizá no parecer acusadores, pero con la sombra de la duda presente y pesada como una losa, su madre le hizo un gesto con la cabeza y ella supo que había llegado el momento. Emprendieron el camino sin pronunciar ni una palabra, sin mirarse. Lupe caminaba con la vista fija en el suelo y, de vez en cuando, observaba de reojo a su madre. Ésta mantenía la mirada al frente y, por segundos, la elevaba al cielo, musitando palabras ininteligibles. En esos instantes, Lupe tenía la esperanza de escuchar de sus labios unas palabras de consuelo, pero, en realidad, lo que escapaba de ellos era la apagada letanía de un rezo. Caminaron un buen rato por un sendero que las condujo hasta una choza maltrecha, comida de vegetación. Su madre se detuvo ante la puerta y, un instante antes de llamar, le dijo, esta vez sí, mirándola fijamente a los ojos:
–Si salimo’ con bien d’é’ta, nunca má’ hablaremo’ d’ello. Tú –le dijo, señalándola con el dedo índice– y yo no habremo’ e’tao nunca aquí. ¿Tamo’?
Lupe asintió y dos rotundos golpes en la puerta resonaron en el valle, rompiendo el silencio.
–¿Lupe? ¿Lupe? –preguntó su madre, inquieta, tras la puerta–. ¿Tá’ bien?
Lupe, sobresaltada por ese inesperado y súbito regreso a la realidad, escondió rápidamente la carta bajo las sábanas. –Sí, madre, ¿qué quiere? Toy durmiendo –respondió apagando la vela.
–Ná, ná, pue’ sigue durmiendo, hija –susurró la madre–. T’ha’ subío tan rápido que pensé que t’había sentao mal la sena…
–Toy bien, madre. Buena’ noxe’.
–Buena’ noxe’, hija… Que de’canse’…
Lupe, pese al susto, se sintió aliviada. La imprevista llamada de su madre la había rescatado de aquel espantoso lugar que no quería volver a recordar por nada del mundo y al que sólo había vuelto en sus peores pesadillas, que ya no la abandonaron desde aquel maldito día.
Decidió no pensar más en ello. De repente, se sentía terriblemente cansada. Era medianoche y un ligero temblor sacudió todo su cuerpo. Se tapó bien y, acunada por el ligero arrullo del aire tras la ventana, se rindió al sueño con la certidumbre de que esa carta sólo podía haberla escrito una persona, y ella intuía quién, pero ahora le faltaba averiguar por qué.