viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO VI

Marga se despertó aquella mañana con buen ánimo. Llevaba un par de días dándole vueltas a la idea de hablar con Frank y por fin se había decidido. Sí, seguro que él podría ayudarla. Era la persona más sensata y cabal que había conocido nunca. Con él podía hablar de todo. No tenía prejuicios. Se llevaban fantásticamente bien, desde siempre, quizá porque procuraban no juzgarse nunca el uno al otro. Desde luego, era un sacerdote atípico, lástima que no todos fueran como él. Marga consultó el reloj, eran las diez. Frank estaría ahora apurando el sermón de los sábados, así que todavía tenía media hora para pensar en cómo iba a explicárselo. La verdad es que notaba un cosquilleo en el estómago como hacía tiempo que no sentía. Se aplicó en recoger un poco el bungalow y, cuando calculó que Frank habría acabado, se dirigió a la iglesia.
–Hombre, Marga, ¿qué te trae por aquí? –dijo el sacerdote con sorpresa, al abrir la puerta–. ¿No vendrás a confesarte? –le preguntó, guiñándole un ojo.
–Pues, algo así…
–Huy, pasa, pasa –dijo, brindándole el paso–, que parece que esto va en serio…
Frank la guió hasta una sala, pequeña pero confortable, y le acercó una butaca para que se sentara. Él se sentó a su lado y la tomó de la mano, besándosela amorosamente.
–¿Y bien? ¿Qué le pasa a mi princesa?
–No sé, Frank, estoy hecha un lío…
–¿Por? ¿Tienes problemas con Tomás? ¿No te habrá recortado otra vez la subvención de los críos? –exclamó, indignado.
–No, no... No tiene que ver con el trabajo.
–Entonces, si no tiene que ver con el trabajo, sólo puede tratarse de una cosa: de amor, ¿me equivoco?
–No te equivocas. Has dado en el clavo, como siempre –asintió ella, sonriendo.
–¿Y no es un poco raro que vengas a explicarle tus problemas amorosos a un sacerdote? –le preguntó, burlonamente.
–Va, no te hagas el digno –exclamó Marga, dándole un cariñoso empujón–. No he venido a ver a un sacerdote, he venido a ver a mi amigo.
–Está bien, está bien –dijo, profundamente halagado–, entonces supongo que se trata de Rosa…
–¿De Rosa? No, claro que no –Marga parecía contrariada–. Rosa sabe muy bien cuál es su lugar.
–¡Ah! Pero… Yo creía que vosotras… Bueno, ella te quiere... Tú lo sabes, ¿no?
–Mira, no me sermonees. Lo de Rosa es ocasional. Lo pasamos bien juntas y, de vez en cuando, nos acostamos. Ella ya sabe lo que hay. Desde el principio le dejé muy claro que me van los hombres y que no voy a renunciar a ellos.
–¿Y ella qué dijo?
–Pues que no se hacía ilusiones de tener nada serio conmigo, que sabía que lo nuestro era una amistad ante todo, especial, eso sí, y que se conformaba con tenerme cerca.–
Bueno, parece tenerlo claro; pero, en cualquier caso, Marga –dijo Frank, poniéndose repentinamente serio–, no juegues con sus sentimientos. Puedes hacerle mucho daño. En fin, si no se trata de Rosa…
–Es Marc, Frank, se trata de Marc… –lo interrumpió, impacientándose.
–¿Nuestro Marc? ¡Vaya, eso sí que no me lo esperaba!
–¿Tan raro te resulta?
–¿Tú y Marc? ¡Pues sí, la verdad! Demasiado recatado para tu estilo. Pero si no habla por no ofender…
–Ya, bueno, es un poco tímido al principio, pero cuando te coge confianza se transforma.
–Pues mucho debe de transformarse, si ha sido capaz de enamorarte… Pero, entonces, ¿estáis –Frank juntó repetidamente los dedos índices en un gesto bastante elocuente– enrollados?
–¡No, qué va! ¡Qué más quisiera yo! Nos llevamos genial y eso, pero creo que pasa de mí. He hecho de todo para llamar su atención. ¡Si me he puesto más en evidencia, en este medio año, que en toda mi vida! De verdad, Frank, que a veces me desconozco. Parezco una quinceañera. Pero ni así, no hay manera.
–Es duro de pelar…
–Es súper encantador, súper amable, súper atento y servicial, pero a la vez súper distante. Está siempre ensimismado, perdido en sus pensamientos. No sé… Cuando me habla de sus cosas, de sus libros, de literatura, y veo cómo se ilumina su cara, cómo se entusiasma, es que me lo comería a besos. En esos instantes sí me mira con los ojos con que he soñado siempre que me miren, y me contagia de felicidad, pero dura muy poco, porque enseguida se apaga su mirada, como si de repente un soplo helado la hubiera escarchado. Entonces vuelve a ser el hombre taciturno de siempre y ya no hay nada que puedas hacer o decir, ya no está.
–Hombre, la verdad es que yo no he tratado mucho con él… No sé qué decirte.
–Pero, ¿tú qué harías? ¿Crees que debería explicarle lo que siento?
–No sé, Marga, es arriesgado. Si no da muestras de estar interesado…
–Ya, pero, es que estoy tan bien a su lado... Nos pasamos horas y horas hablando. Ahí donde lo ves, tan callado, tiene conversación sobre cualquier tema. ¿Sabes que también es poeta? Creo que es esa forma tan especial que tiene de ver el mundo y todo lo que le rodea lo que más me engancha. Me hace sentir bien, Frank, especial, como nadie me ha hecho sentir…
–Y eso sin hacerte caso…
–Pues eso, ¡imagínate si me lo hiciera!
Ambos se echaron a reír. Marga consultó instintivamente su reloj de pulsera cuando el reloj de la sala dio las doce.
–¡Dios! ¡Cómo ha pasado el tiempo! Me voy pitando –dijo, levantándose de un salto.
–Bueno, pero entonces, ¿qué vas a hacer?
–Frank se levantó y la acompañó hasta la puerta.
–Creo que me pasaré ahora por su bungalow y lo invitaré a comer. Si accede, jugaré mis cartas y ya veremos qué pasa a los postres –Marga se despidió con un beso–. Deséame suerte… o, mejor, reza por mí –añadió, guiñándole un ojo.
Frank asintió y la vio dirigirse, con paso firme, hacia su destino. «Rezaré por ti, sí. Espero que sepas lo que haces.»
Si alguna ventaja tenía vivir en un poblado pequeño, era que se podía recorrer a pie, de punta a punta, en menos de diez minutos. Marga caminaba a buen paso, ensayando mentalmente cómo reconducir una conversación aparentemente banal hacia donde ella quería llevarla. No sería fácil, desde luego, pero bueno, estaba dispuesta a intentarlo. Era cuestión de crear un clima propicio, de complicidad, estimularlo con temas que lo motivaran y que hicieran aflorar esa sensibilidad suya tan peculiar. Quizá entonces estaría receptivo y preparado para escuchar una confidencia de ese calibre. Marga había cubierto casi la mitad del trayecto cuando una voz familiar la sacó de sus ensoñaciones. Un niño de su clase la había visto y corría hacia ella, llamándola a voz en grito. Cuando llegó a su altura, se abalanzó de un salto y la cubrió de besos.
–¡Hombre, Nelson! ¿Qué haces por aquí a estas horas? –le preguntó medio atragantada por el efusivo abrazo del niño.
–Voy a buscá a padre p’almorzá –contestó él, ya más contenido–. ¡Huy! ¡Mire qué bixo! –dijo de pronto.
–¿Dónde? –exclamó Marga, mirando hacia todas partes, atemorizada.
–¡Ahí! –dijo el niño, señalando algo a escasos tres metros de ellos.
Marga reconoció los reflejos danzarines de una libélula y se tranquilizó. Las mariposas y las libélulas eran los únicos insectos que se permitía tener cerca sin ponerse histérica. El ligero zumbido de sus alas la transportó a una tarde en que, estando de merienda con Marc junto a un arroyo, vino a posarse una sobre el mantel que habían improvisado sobre la hierba.
–Bueno, Nelson. Ya nos veremos el lunes, ¿eh? Saluda a tus padres de mi parte –dijo, despidiéndose del niño, deseosa de disfrutar a solas, cuanto antes, de aquel recuerdo.
–¡Mira, Marga! ¡Qué preciosidad! –había exclamado aquel día Marc–. No, no, no la asustes, por favor, déjala –le rogó, viendo que ella amenazaba con darle con la primera rama que le pilló a mano. El insecto, sin embargo, pareció intuir el peligro y levantó el vuelo. Dio un par de vueltas coquetas alrededor del mantel y, cuando vio satisfecha su curiosidad, se fue como si tal cosa.
–Vaya… Lo siento… –exclamó Marga, compungida–. Es instintivo, es que no soporto los bichos –añadió, intentando disculparse.
–Tranquila, no pasa nada –la animó él, sonriendo–. He visto muchas como ésa y, sin duda, veré muchas más. ¿Sabes –exclamó de pronto– de dónde proviene su nombre? Es muy curioso. Libélula es el diminutivo de libella que, a su vez, es diminutivo de libra, que significa «balanza». Se le dio este nombre por la capacidad que tiene este insecto de mantenerse en «equilibrio» en el aire. ¿No te parece una bonita asociación? Marga, a escasos cien metros del bungalow de Marc, recordaba con una sonrisa cómo estuvo a punto de besarlo en aquel instante y cómo deseó, con todas sus fuerzas, permanecer a su lado y escuchar pequeñas historias como aquélla toda su vida. Al doblar la esquina, sin embargo, la sonrisa se le borró de la cara. Una joven nativa se acercaba a la puerta de Marc. Marga se detuvo en seco, sin saber qué hacer. Volvió sobre sus pasos y, oculta en un saliente, observó cómo la muchacha llamaba a la puerta, cómo, tras unos instantes, Marc abría y, tras intercambiar algunas palabras y gestos, entraban en la cabaña.