viernes, 28 de diciembre de 2007

CAPÍTULO VII

No estaba muy segura de estar haciendo lo correcto, pero algo en su interior la animaba a continuar. A medida que se acercaba al bungalow, sentía cómo los latidos de su corazón se iban acelerando, y sabía que no se debía sólo al esfuerzo de la caminata. ¿Y si alguien la veía entrar allí? ¿Qué pensarían de ella? Intentó apartar de su mente esos pensamientos y se dijo que el fin valía la pena. Necesitaba salir de dudas cuanto antes.
Sin embargo, cuando se plantó delante de la puerta, toda su entereza se vino abajo. La asaltó un súbito ataque de pánico que la paralizó por completo. ¿Dios mío? ¿Pero qué hago aquí? ¿Y si estoy equivocada? Cerró los ojos, respiró hondo y, armándose de valor, llamó a la puerta. Los segundos se le hacían eternos, allí plantada. Volvió a llamar. ¡Venga, abre, abre...! Instintivamente, miró alrededor, de reojo, con la esperanza de que nadie pudiera reconocerla. Entonces, vio que una joven se dirigía hacia allí. Masculló una maldición y volvió el rostro, intentando ocultarse. Cuando miró de nuevo, respiró con alivio. La mujer ya no estaba. En ese instante, se abrió la puerta.
Marc, en la cocina, hacía verdaderos malabarismos intentando sostener el libro de recetas en la mano izquierda y, en la otra, a duras penas, un cangrejo que amenazaba con pinzarle los dedos en cualquier momento. Los violentos movimientos del animal le impedían leer la receta correctamente y empezaba a desesperarse. Para colmo, llamaron a la puerta. Al intentar dejar el animal en la olla, éste se le escapó y cayó al suelo. Se afanó en perseguirlo por toda la cabaña con bastante poco éxito, pero finalmente le dio alcance y corrió a dejarlo en la olla. En ese instante, volvían a llamar.
–¡Ya va! ¡Ya va! –respondió de camino a la puerta, limpiándose a toda prisa el sudor de la frente.
Cuando Marc abrió, se encontró frente a una muchacha nativa de baja estatura, y talle esbelto, que echaba fuego por los ojos. Antes de que él pudiera decir nada, la joven sacó una carta y se la plantó delante. Marc reconoció al instante su propia letra.
–¿Eres Lupe, verdad? –La muchacha asintió–. Pasa…
–¿Qué sinifica e’to? –preguntó ella–. ¿L’ha e’crito u’té, verdá?
–Eh... sí, verás...
–Pero, entonce’ no é de Manué como dise aquí –lo interrumpió Lupe, enojada, al borde de las lágrimas.
–Mira, creo que el que mejor podría explicarte todo este lío es el propio Manuel…
–Así pué, ¿Manué e’tá al tanto de tó e’to? ¿No será una broma d’u’stede’ do’ pa reírse de mí?
–¡No, no! –se apresuró a decir Marc–. Te aseguro que la carta va con la mejor intención…
Marc la puso al corriente de todo. De cómo Manuel le había pedido ayuda con lo de la carta y de lo mucho que éste la quería. De lo inseguro que se sentía al no saber escribir y del enorme esfuerzo que estaba haciendo en el colegio por aprender con el único propósito de merecer su amor.
–No debes enfadarte con él, de verdad, lo de la carta lo ha hecho con el fin de impresionarte y…
–No le di’culpe. Y no e’toy enojada. Ya no. Yo no quiero a un hombre cargao de palabra’ de fuego, quiero uno capá d’encendelo en invierno en el hogá para cuidá de mí y de nue’tro’ hijo’. Y sé qu’ése pué sé Manuel…
–Entonces –añadió Marc, eufórico–, ¿tú también lo quieres?
–Sí, bueno, é una larga hi’toria, pero no é tan fácil… En fin, pue’ dígale que no sea tan vergonsoso. Si me quié, va a tené que vérsela’ tarde o temprano con mi padre, y má’ vale que no se demore, pue’ quié casarme pronto…
De repente, un fuerte golpe atrajo la atención de ambos. La olla había caído al suelo con gran estrépito y el cangrejo corría de nuevo a sus anchas.
–Ese juey no quié sé comío hoy –comentó Lupe entre risas, una vez que se hubo rehecho del susto.
Marc, riendo también, persiguió de nuevo al animal y lo introdujo como pudo en la olla.
–¡Anda, estate ahí quieto, bicho del diablo! –le increpó, colocándole una tapa encima–. ¿Qué te parece –dijo, girándose hacia Lupe– si me ayudas a domesticarlo y a cambio te invito a comer?
–¡Huy, no! –exclamó azorada–. M’esperan, grasia’, ademá’… no e’taría bien vi’to que yo…
–¡Ah, ya! –la interrumpió–. Es verdad. Tranquila. A veces me olvido de dónde estamos –dijo, acompañándola hasta la puerta–. Bueno, pues, Lupe, ha sido un placer conocerte, aunque haya sido en estas circunstancias un tanto embarazosas.
–Sí, pa mí también ha sío un gu’to, señó. Y grasia’ po la carta –añadió, dándole un repentino abrazo–, é presiosa…
Lupe se dio media vuelta y salió a todo correr dejando a Marc, en la puerta, totalmente aturdido y con el rostro encendido.