sábado, 29 de diciembre de 2007

CAPÍTULO VIII

Marga entró como una exhalación en su bungalow y dio un portazo tras ella. Estaba fuera de sí. ¡Pero qué se ha creído éste! ¿Que puede jugar conmigo? Y pensar que he estado a punto de hacer el ridículo presentándome allí y… ¡Dios! El casto, el poeta, y míralo, como todos, mira lo que ha tardado en llevarse a una putita a casa…
Marga corrió al lavabo y abrió el grifo de la bañera, dejando que el agua caliente fluyera a borbotones. Estaba muy alterada y nada la relajaba tanto como un buen baño caliente. Al cabo de diez minutos, llamaron a la puerta. Marga sonrió ante la posibilidad de que fuera Marc y corrió a abrir.
–Ah, eres tú… –la sonrisa se desdibujó en su rostro al ver quién era.
–Pareces decepcionada –contestó Rosa–. Habíamos quedado, ¿no?
–Pues no sé, no me acordaba.
–¿Qué te pasa?
–Nada.
–Nada no. Estás que echas chispas. ¿Qué te ha pasado?
–Nada que te importe. Déjame en paz.
–Ah, muy bien, perfecto –respondió Rosa, dolida.
–Perdona, Rosa, no tengo un buen día, eso es todo.
–¿Tengo yo algo que ver?
–No, tranquila. No es por ti –respondió distraída, atisbando por la ventana.
Rosa, siguiendo su mirada, distinguió la silueta de dos personas en la puerta del bungalow de Marc. Pese a la distancia, reconoció la esbelta figura del muchacho. Abrazaba a una muchacha que, al momento, se dio media vuelta y salió corriendo.
–Ya comprendo...
Marga, sintiéndose pillada en falta, abandonó la ventana, intentando disimular.
–¿No deberías cortarte un poco? -preguntó Rosa, algo molesta.
–¿A qué te refieres? –contestó Marga, a la defensiva, intuyendo que se avecinaban problemas.
–Ya sabes a lo que me refiero, a Marc...
Marga no contestó. Se limitó a coger la toalla del armario y a encaminarse hacia el cuarto de baño. Rosa la siguió.
–Te he hecho una pregunta... –insistió Rosa, a sabiendas de que no iba a recibir respuesta. No, de momento.
Marga, efectivamente, siguió guardando silencio. Cerró el grifo, tocó ligeramente el agua de la bañera para asegurarse de que estaba en su punto y empezó a desabrocharse lentamente los botones de la camisa. Rosa la observó. Si no hubiera estado tan enfadada, ella misma la hubiera ayudado a hacerlo, como otras veces. Sus dedos habrían luchado fugazmente con esos botones, celosos de la intimidad de su dueña, y que habrían acabado finalmente por rendirse; sus labios habrían rozado apenas esa piel que conocía tan bien...
–¿Te diviertes? –le preguntó Marga, con malicia, adivinando sus pensamientos.
–Menos que tú, desde luego –contestó, irritada. Rosa dio media vuelta con la intención de salir del baño. No debía ceder al impulso de sus emociones y, mucho menos, al gesto conciliador, aunque premeditado, de Marga. Pero no era nada fácil. Marga la conocía muy bien y sabía que le bastaban dos arrumacos, dos palabras amables, para tenerla comiendo de su mano.
–¿No te quedas? –le preguntó, sorprendida.
En ese instante, Rosa hubiera dado la vida por hacerlo, pero sabía que, si quería despertar el interés real de Marga, tenía que plantarle cara a sus caprichos y demostrarle que no era una marioneta cuyos hilos pudiera mover a su antojo. Eso la descolocaría, tan acostumbrada a conseguir que se hiciera siempre su voluntad. No se privó, sin embargo, de darse la vuelta y observar cómo Marga, ya completamente desnuda, se introducía en la bañera. Le hubiese gustado despedirse con un hiriente «Has engordado», pero no lo hizo. Primero porque no era verdad, Marga tenía un cuerpo estupendo, y segundo, porque la quería demasiado.
–Cuídate –le dijo finalmente, en tono afectuoso, con la esperanza de que la puerta que ahora cerraba le abriera otra en un futuro no muy lejano.