lunes, 17 de diciembre de 2007

LA VOZ

Él no me lo puso nada fácil. Nunca aceptó que yo fuera una mujer de éxito. Mi brillante carrera lo abrumaba. Se sentía inferior, pese a mis esfuerzos por hacerle ver que yo lo quería por lo que era y por cómo era. No sirvió de nada. A la par que yo ascendía en mi profesión, nuestra relación se hundía más y más en un pozo sin fin. Mi decisión de aceptar el fabuloso trabajo que me habían propuesto en la agencia bursátil de Barcelona fue el detonante. Rompimos. Me sentí defraudada y sola. En los días previos a mi marcha, sentí deseos de llamarlo e intentar retomar la relación. Descolgué el teléfono infinidad de veces, pero otras tantas lo colgué sin llegar siquiera a marcar. En el último instante me retenía el hecho de pensar que él había actuado egoístamente y que no merecía el que yo me rebajara. Al fin y al cabo, tampoco él había llamado ni había intentado verme. Hasta el día en que debía viajar a Barcelona mantuve la esperanza de verlo aparecer en la estación con sus maletas, corriendo hacia mí un segundo antes de que yo subiera al tren, suplicándome perdón y pidiéndome que le dejara acompañarme, que lo dejaba todo por mí. Pero no apareció. Miré por la ventanilla hasta que la estación no fue más que un pequeño punto en el horizonte y me dije a mí misma que lo había perdido definitivamente. Barcelona me pareció una ciudad mágica, con un encanto especial que rezumaban todas sus calles y edificios. Me instalé en un espacioso piso modernista. Me costaba una fortuna alquilarlo, pero siempre había soñado con vivir en un piso así. La primera semana estuve tan absorta con la mudanza que no me dio tiempo de pensar en nada, pero una vez que me hube instalado y pude disfrutar de un instante de paz, la soledad hizo su aparición y me aplastó como una pesada losa. Intenté sobreponerme a ella y salir, pero no conocía a nadie en Barcelona. Mis nuevos compañeros de trabajo, con los que intenté entablar una relación cordial, me cerraron las puertas con cierta reticencia mal disimulada. Así pues, me acostumbré a salir a comer sola, a ir al cine sola, recorrí la ciudad, todos sus monumentos y bibliotecas, y adquirí un gato persa con el que comparto en la actualidad mi vida y que es el único que me espera y se alegra de verme, aunque sólo sea porque ha llegado su hora de comida.