lunes, 17 de diciembre de 2007

PRODUCTOS DE CADA GENERACIÓN

Hoy se habla de los niños de ahora como de la generación @, niños que nacen con un ratón (informático) bajo el brazo y con una innegable capacidad para emplear todo tipo de aparatos desde su más tierna edad (¿quién no ha visto al hijo de un amigo o a un sobrino manipulando los mandos del vídeo o dvd, con el chupete en la boca, y haciendo aquello que a nosotros nos ha costado arduo rato consultar en las instrucciones?). Tampoco es raro ver a niños jugando con las plays y las games, ensimismados en mundos fantásticos, y haciendo volar sus dedos y su imaginación a un ritmo desenfrenado. Yo no voy a juzgar aquí la conveniencia o no de estas prácticas, dios me libre, pero sí me atrevo a afirmar que cada generación produce una "hornada" de pequeños monstruos.
Los de la generación del 70, por ejemplo, por citar la mía, somos la generación Heidi-Marco, treintañeros sensiblones y de lágrima fácil. Pero, ¿acaso tenemos la culpa nosotros de que los dibujos animados con los que nos entretenían entonces fuesen tan absolutamente perniciosos para la salud emocional? Yo me río de los que se escandalizan hoy de la violencia de los mangas japoneses o del Chin Chan porque enseña la "titola"... ¿Quién se acuerda de las lágrimas que vertíamos nosotros cuando a Heidi la arrancaban de los brazos de su abuelo y la alejaban de su gran amigo Pedro y de la calma de la montaña para convertirla en una "señorita"? ¡Dios! Si es que, ¿a quién no le habían entrado ganas de estrangular a la Rotetmeyer o de empujar montaña abajo la silla de ruedas de la pobre inválida cuando se ponía tan pesada? Y después estaba lo de Marco, que aún clama más al cielo, ¿cómo se puede torturar psicológicamente de esa manera a unos niños mostrándoles cómo un niño italiano pierde a su mamá e inicia un largo periplo en su busca que ríete tú del de Ulises? Cuando eres pequeño, claro, no te das cuenta de estas cosas, pero yo, ahora que tengo treinta y pico (a estas alturas ya no importan los picos), lo pienso a veces y me doy cuenta de hasta qué punto somos lo que vemos, oímos y leemos.
Pero no os penséis que, para nosotros, todo quedó en Heidi y Marco, no, luego vinieron Orzoguei, la Pipi Calzas Largas y Mazinger Z, que dime tú por qué él se defiende con los puños y Afrodita A con las tetas... A mí se me ocurren varios motivos, y todos son metáfora de la guerra de sexos: el hombre usa la fuerza; la mujer, sus armas de seducción. En fin.
Y así fuimos creciendo, desestabilizados emocionalmente, y llegamos a la pubertad (¡qué horror!). Entonces, en plena revolución de hormonas, le llegó el turno a las ángeles de Charlie: a las chicas a preocuparse porque no se parecían en nada a ninguna de las "ángeles", a los chicos a babear ante sus hermosos y bien proporcionados cuerpos y, a todos, en fin, a preguntarnos dónde diablos estaba Charlie y por qué no se le veía nunca.
¿Y qué hubiera sido de nosotros y de nuestras vacaciones estivales sin Verano Azul o El coche fantástico? En fin, que no se puede crecer de esa manera, de verdad...
Así que, a los que tengáis hijos y os vengan con el cuento de lo que ven o los peligros de los juegos de consolas y demás, acordaos de que toda generación tiene sus dioses y de que no nos está permitido más que adorarlos.