lunes, 14 de enero de 2008

CAPÍTULO X

Manuel tocó el trapo que descansaba en la frente de su abuela. Hacía poco más de un minuto que se lo había colocado y ya ardía. Lo introdujo en el agua, lo escurrió bien y se lo aplicó de nuevo. La anciana movía la cabeza de un lado a otro, delirando. Estaba completamente empapada en sudor.
Manuel intentó calmarla acariciándole el pelo y diciéndole las cosas que harían juntos cuando se pusiera bien, le habló de lo mucho que aprendía en el colegio, de Lupe, pero ella no parecía escucharlo. La observó con lágrimas en los ojos. La respiración de la mujer era cada vez más fatigosa. Manuel se asustó. Debía ir en busca de Rosa, pero no podía dejarla allí sola. No sabía qué hacer. En ese momento, llamaron a la puerta. Manuel, esperanzado, corrió a abrir.
–Hola, Manuel –dijo Marc, entrando a toda prisa–, tenemos que hablar... Oye, ¿qué te pasa? –le preguntó alarmado al vislumbrar la preocupación en el rostro del muchacho–. ¿Sucede algo?
–É mi agüela. Tá mal. Ahorita iba a po Rosa… ¿Pué queda’se un segundico mientra’ voy a bu’cala?
–Tranquilo, ya voy yo, no te preocupes. Tú quédate aquí con tu abuela. Enseguida la traigo.
Marc corrió hacia el bungalow de la joven. Todos estaban bastante cerca entre sí, por lo que no tardó en llegar. Por suerte, ella estaba en casa y no tardaron más de cinco minutos en regresar. No tuvieron ni que llamar a la puerta, Manuel les abrió un segundo antes. Estaba muy nervioso.
–Rosa, Rosa… –dijo, al borde de las lágrimas, al ver entrar a la enfermera–, tá mu mal… Tié muxa calentura y vómito’, y no paece atendé. Po favó, tié que hacé algo…
–Calma, calma, Manuel –dijo, abriéndose paso entre el muchacho para llegar hasta la habitación–. Déjame ver…
Rosa exploró a la anciana por espacio de diez minutos. Cuando salió de la habitación su rostro reflejaba una honda preocupación.
–¿Cómo tá? –preguntó Manuel tan pronto vio abrirse la puerta.
–No lo entiendo –dijo, confusa–. Parece una intoxicación medicamentosa aguda. ¿Ha tomado algún medicamento aparte de la insulina?
–No, no –se apresuró a aclarar Manuel–. Ademá’, ya sabe que nosotro’ no tenemo’ plata pa medicamento’ y...
–Sí, lo sé, lo sé, ¿y no puede ser que te hayas confundido y le hayas administrado más dosis de la que te indiqué?
–Tampoco. Yo la pinxo com’u’té m’enseñó: una inyeción po día. ¿No é eso?
–Sí, sí, pero entonces no lo entiendo. Parece haber sufrido una reacción de rechazo. Y eso, con su avanzada edad y la fuerte diabetes que padece, es una combinación muy peligrosa. Puede entrar en coma diabético. Debemos trasladarla al hospital. Yo aquí no puedo hacer nada más que darle algo para la fiebre y los vómitos –rebuscó en su maletín, sacó un tubo con pastillas, extrajo dos y se las tendió a Manuel.
–Toma, dáselas. Confío en que sea suficiente hasta que lleguemos al hospital. Yo voy a por la ranchera y nos vamos pitando.
–Un momento, Rosa –dijo Marc, deteniéndola–, ¿me dejas ver ese frasco? –Rosa se lo acercó–. ¿Cómo es que no lleva su etiqueta original?
–No sé, aquí ningún medicamento la lleva. Me los traen en frascos de éstos. Con la etiqueta del fármaco escrita a mano. A veces, incluso llegan a granel, en bolsas. Y luego yo me tengo que espabilar para organizarlos.
–¿Y no te extraña un poco eso? –le preguntó, receloso.
–Al principio, sí. Se lo comenté a la organización y me dijeron que era normal, que el envío en aviones era muy ajetreado, que se rompían muchos embalajes y cajas y que, en ocasiones, incluso, habían tenido que recoger comprimidos uno por uno del suelo. Así que ya ves… Esto no es Europa, aquí hay que dar las gracias por cada uno de éstos –dijo, mostrando entre sus dedos un comprimido como si se tratase de una joya–. Bueno –concluyó–, me voy corriendo. No podemos perder ni un minuto. Ahora vuelvo.
–Oiga, ¿aquí pasa algo, verda’? –preguntó Manuel en cuanto Rosa salió por la puerta–. Lo veo en su’ ojo’…
Marc sopesó por un instante la conveniencia de poner a Manuel al corriente de todo. Si se equivocaba, todo estaría perdido, pero si antes intuía que podía confiar en él, ahora estaba seguro: si Manuel estuviese implicado, su abuela no estaría como estaba.
–Escúchame bien, Manuel. Aquí se está cociendo algo muy gordo. ¿Te has fijado en los medicamentos que lleva Rosa en el maletín? –Manuel asintió–. Ninguno lleva caja ni etiqueta original.
–Yo siempre lo’ he vi’to así. Tambié lo’ que vende José en la bo…
–¿Quién es ese José? –lo interrumpió.
–José é el padre de Lupe. Tomá’ lo puso d’encargao de la botica. De’de entonce’ le van mu bien la’ cosa’.
–Ya. Claro…
–Pero, ¿qué é lo que pasa? ¡Dígamelo ya, po Dio’ bendito!
Marc se desabrochó un poco la camisa y le hizo ademán de que se acercara. Abrió un poco la bolsa que llevaba escondida, le mostró a Manuel la caja de medicamentos y lo puso al corriente de lo que decía la nota de Luisa.
–Pero, entonce’ –añadió, incrédulo–, ¿por eso mi agüela? ¿Y to’ e’to’ año’? –La cara de Manuel pasó de la incredulidad inicial a una ira incontenida–. ¡Lo voy a matá! ¡Ése no sale vivo, se lo digo yo como que me llamo Manué! –exclamó, llevándose el pulgar a la boca y besándolo sonoramente a modo de juramento.
–Tranquilo –susurró Marc–. No podemos fiarnos de nadie. Rosa no parece estar al tanto, parece buena persona, pero no he querido arriesgarme a contarle nada. En esto estamos solos tú y yo. Pero ahora lo más importante es tu abuela. Os acompañaré al hospital y luego iré a ver a ese cabrón para...
–Venga, rápido –dijo Rosa entrando en ese momento como una exhalación–. Tengo el coche fuera.
A toda prisa acomodaron a la anciana en el interior del vehículo. No era demasiado cómodo ni práctico, pero era lo único de que disponían. Marc se puso al volante; Rosa al lado, con la mujer, y Manuel, detrás, en la caja descubierta.
–Agárrate bien ahí detrás, Manuel. Es peligroso –le recomendó Marc.
–No se procupe. Toy bien –respondió, asiéndose con fuerza a la barra antivuelco–. Dele…
El trayecto, aunque corto, era insufrible. La carretera estaba en tal mal estado que, a cada paso, temían salirse de ella. Marc era un experto conductor, pero tenía que aplicarse con todos los sentidos para esquivar los agujeros, ramas caídas, pedruscos y demás obstáculos que se iban encontrando, y no siempre lo lograba a tiempo.
–Ya queda poco –le dijo Rosa a la anciana, intentando animarla–. Tranquila. Enseguida llegamos.
–Oye, Rosa –dijo Marc, sin despegar ni un segundo la vista de la carretera–. Una pregunta, ¿tú sabes quién es Luisa?
–¡Luisa! Sí, claro. ¿No te habíamos hablado nunca de ella? Era la profesora de adultos que teníamos antes. Un encanto de mujer. Tú la sustituyes.
–¿Qué pasó? ¿Se cansó y volvió a casa?
–No sé. Por lo visto sí. Se fue sin avisar y sin despedirse de nadie. Una lástima, en el poblado todo el mundo la quería mucho. Nos dijeron que pidió el finiquito por problemas familiares graves. Le escribimos varias cartas a casa, pero no contestó. No hemos vuelto a saber de ella. ¿Por qué te interesa tanto de repente? Nunca habías preguntado por ella…
–No, es verdad –intentó excusarse Marc–, pero el otro día oí que un alumno hablaba de ella en clase y sentí curiosidad. Ahora me ha venido a la cabeza…
Un par de minutos después, Marc detenía la ranchera en la puerta del hospital. Enseguida entraron a la mujer, que no parecía haber mejorado. Por suerte, a aquella hora no había mucha gente, así que la atendieron pronto. Los tres respiraron más tranquilos cuando les dijeron que esperaran en la sala.
Al cabo de una hora de tensa espera, un médico salió a hablar con ellos. Tenía unos cuarenta años. Bajo la bata, se adivinaba un torso bien trabajado que justificaba con creces las horas de gimnasio, y su cabello, extremadamente rubio, hacía imposible confundirlo con un nativo. Una pequeña etiqueta sujeta al bolsillo de la bata disipaba cualquier resquicio de duda: Dr. Swann.
–¿Son ustedes los familiares de la señora López? –preguntó en un correctísimo español.
–Sí, sí –se apresuró a contestar Manuel–, é mi agüela. Y ello’ son de la ONG –aclaró al ver que el médico observaba con curiosidad a Rosa y Marc–. ¿Cómo tá?
–La verdad es que no sabemos exactamente qué le pasa. Todavía estamos haciéndole algunas pruebas, pero creemos que se trata de una intoxicación producida por una dosis de insulina en mal estado.
Manuel y Marc se miraron instintivamente. Rosa, angustiada, se llevó una temblorosa mano a la boca.
–Pero… ¿é mu grave? –preguntó Manuel, con un nudo en la garganta.
–No puedo aventurar nada. Las próximas horas serán cruciales. Es muy mayor y está muy débil. Por ahora la tenemos controlada, pero una recaída podría resultar fatal. La tendremos en observación esta noche. Ahora tengo que irme, los tendremos informados de cualquier novedad en su estado.
Le agradecieron su atención y tomaron asiento de nuevo. Manuel estaba totalmente abatido. Los tres permanecían en silencio, un silencio que se fue haciendo cada vez más tenso a medida que pasaban los minutos. Por fin, Marc se atrevió a hablar.
–Rosa, ¿tú sospechabas que pudiera estar en mal estado?, el medicamento, quiero decir…
–Pero, ¿estás loco o qué te pasa? –exclamó ella fuera de sí–. ¿Crees que si lo hubiera sabido hubiera dejado que se le administrase? ¿Qué crees que soy, una asesina?
–Entonces, ¿no estás al tanto de lo que pasa, verdad? –la incredulidad que se reflejó en el rostro de ella lo animó a seguir–. Escucha. Voy a enseñarte algo, pero debes prometerme que no hablarás de ello con nadie. ¡Con nadie! ¿Me has entendido? Ni una palabra a Marga ni a Frank, y mucho menos a Tomás…
–Pero, ¿por qué? ¿Qué pasa? Me estás asustando.
Marc sacó la bolsa que llevaba escondida bajo la camisa y le tendió la caja de medicamentos. No dijo nada del cuaderno.
–¿De dónde has sacado esto? –preguntó, observando atentamente el estuche–. Son los primeros medicamentos en caja que veo desde que estoy aquí.
–Sí, no lo dudo. Pero la caja es lo de menos. Lo verdaderamente preocupante es esto –Marc le señaló algo en un lateral. Ella, al fijarse bien, se quedó estupefacta.
–¡Dios mío! ¿Y éstos son los medicamentos que estamos utilizando? ¿Cómo puede ser? Ahora entiendo lo de las cajas… Pero, entonces…
–Ya te lo explicaré todo con más calma cuando vuelva. Es complicado. Ahora debo ir a ver a Tomás –dijo Marc, guardando de nuevo la bolsa.
–Debería acompañale –añadió Manuel, volviendo a la realidad después de permanecer un buen rato en absoluto mutismo–. Pué sé peligroso… Ademá, si mi agüela etá así por ese mal nasío, yo también quiero desile cuatro palabra’.
–No. Tú debes quedarte aquí, tu abuela te necesita. Yo me las apañaré bien solo. No os preocupéis. Desenmascararé a ese cabrón e iré a la policía con las pruebas. Entonces, todo habrá acabado.
–Tenga muxo cuidao… –dijo Manuel, dándole un efusivo abrazo, al que se sumó Rosa. Marc les dedicó una sonrisa amistosa y se marchó a buen paso. Manuel observó a su amigo mientras se alejaba. Lo admiró profundamente, arriesgaba su propia vida por una gente a la que conocía hacía menos de un año, y lo hacía con una valentía y un arrojo extraordinarios. Lo que Manuel no alcanzó a vislumbrar fue el ligero temblor de piernas y la incertidumbre que acompañaron a Marc todo el camino.

3 comentarios:

Mary dijo...

Me gustó mucho este capitulo... Apuráte con el otro jajaja

Esteruca dijo...

Me alegro de que te guste. ¡Ya era hora de que comentaras alguno!
¿Será que los otros no te han gustado? ;)
Por desgracia, no puedo apurarme con el otro porque está a medias, o sea que hasta aquí llegamos... de momento :)
A ver si vuelven las musas.
Un beso, guapa

Mary dijo...

Disculpa amiga, los he leido todos pero de carreras y por eso no he comentado, pero todos, todos me han gustado, este especialmente deja al lector a la expectativa y me dejo con ganas de más ... que vuelvan rápido esas musas, se agradece.
Un abrazo grande.