lunes, 17 de diciembre de 2007

CARTA DE AMOR DE UN DESCONOCIDO

Primer premio del V Concurso de Cartas de Amor, Granollers, abril 2007.
Ésta es la carta número 7 de las cartas de amor que te he escrito y que nunca te he enviado. Las numero sólo por una cuestión de organización, para que no se me extravíen por ningún rincón oscuro y secreto de mi memoria. Allí las ordeno por tamaños, por colores; las tristes a un lado, las menos tristes a otro…
A veces fantaseo con la idea de que sí te las envío, y entonces juego a imaginar cuál será tu reacción al leerlas. Pero al poco me digo a mí mismo que soy un idiota, porque sé de sobras que jamás tendré el valor suficiente para hacerlo.
Aunque sepa que no las leerás nunca, me gusta escribirlas, así, sin que parezcan cartas de verdad, aunque no tengan encabezamiento ni despedida, aunque no importe lo más mínimo quién sea el remitente pero sí, y mucho, su destino, o sea, tú…
Porque tú eres mi destino, aunque no lo sepas, aunque no llegues a saberlo nunca. Lo sé desde aquel día en que detuvimos nuestros coches, uno junto a otro, en el semáforo en rojo. Te miré con cierto descaro y tú me miraste desafiante. Te sonreí y volviste la mirada avergonzada. Eché una rápida ojeada al semáforo y te observé de nuevo. Mirabas hacia delante, impaciente, nerviosa, y entonces pasó. Volviste el rostro hacia mí y te encontraste con mis ojos, que te esperaban. Esta vez se estudiaron sin prisas. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, pero fui incapaz de apartar mis ojos de los tuyos. Entonces, el claxon del coche de atrás rompió el hechizo. El semáforo estaba verde y arrancamos cada uno por un lado. Te seguí con la mirada mientras te alejabas y sentí cierta nostalgia. Me dije ahí va la mujer de mi vida, y te fuiste sin saber que, desde aquel momento, llevabas a bordo un nuevo pasajero, una parte de mí.
Pasé el resto del día pensando en ti. No podía borrar tu imagen de mi memoria. Me maldecía por no haber sido más hábil. Por haberte dejado marchar sin preguntar tu nombre, sin haber intentado quedar para vernos otra vez...
El destino quiso que, pasado un mes, nos cruzáramos de nuevo paseando por Barcelona. Yo me sobresalté al reconocerte y no pude evitar sonreír; no creía que pudiera tener tanta suerte, pero tú ni me miraste. En ese instante sentí un dolor que se hizo físico y supe que estaba sintiendo algo muy fuerte por ti.
Desde entonces, mi único afán fue encontrar la manera de volverte a ver, así que, al día siguiente, a la misma hora, volví al mismo lugar, pero no hubo suerte. Esperé una semana y, el mismo día, un jueves, acudí de nuevo. Entonces sí. Te vi llegar a lo lejos y sentí un temblor que me subió desde las rodillas hasta la garganta.
Caminabas con paso rápido, concentrado, y llevabas una especie de maletita oscura que supuse de un instrumento musical. ¡Una artista!, me dije, qué más puedo pedir… (Tú no lo sabes, claro, porque no me conoces, pero yo también me considero un artista. Soy pintor; bueno, en realidad, aficionado...)
Te seguí con la mirada y te vi entrar en un edificio. Cuando desapareciste por la puerta me acerqué. Urquinaona 11. Tenía una bonita fachada, algo austera, pero en ese momento se me antojó cercana, especial, sólo porque tú estabas dentro.
Desde entonces, no he faltado a mi cita de cada jueves. Hoy hace 7 meses que me cruzo contigo, una vez por semana, disfrazado de un desconocido cualquiera. Por eso escribo esta carta. Una por mes. Es mi manera de celebrar que formas parte de mi vida, aunque tú no lo sepas, aunque al pasar junto a mí me mires sin reconocerme y no te des cuenta de que mi corazón se ha disparado en ese momento sólo porque me has mirado. Te juro que en ese instante no me atrevo ni a respirar. Todo se detiene fuera de ti y de mí. No escucho más que el rumor de tu cuerpo rozando apenas el mío y el sonido de mis latidos, que resuenan en mi interior como campanadas.
Entonces regreso a casa abrazado a tu recuerdo, perdido en el perfume de tu pelo que he llegado a sentir por un instante, y sólo me apetece coger mi bloc y pasar horas y horas dibujándote.
Desde que te conozco dibujo con una actividad casi febril. He llenado ya dos cuadernos con la imagen de tu rostro. Pero el día que, por lo que sea, no he conseguido verte, me es imposible. Me pongo fatal. Intento inútilmente traerte de nuevo al papel, pero sólo consigo emborronar hojas y más hojas. Al final, las convierto todas en aviones de papel que lanzo a volar con mensajes escritos dentro: ¿Dónde estás? / Vuelve pronto. / Te necesito.
A veces pienso que debería hacer algo, buscar alguna excusa para hablar contigo, decirte hola, ¿no me recuerdas?, soy el dueño del corazón que encontraste un día escondido en tu maletero. Llevo tiempo buscándolo. No, no, no hace falta que me lo devuelvas. Si quieres, puedes adoptarnos a ambos…
En fin, no sé, quizá más adelante. De momento me conformo con observarte, aunque sea en fracciones de segundo, y aprenderte. Algunas veces tu rostro está radiante, con una sonrisa iluminada en tus labios que me conmueve. Otras leo en tus ojos la sombra de una pena. Últimamente me pareces siempre triste, inquieta, y eso me preocupa. Me pregunto por qué te sentirás así. Quizá te has peleado con tu novio, aunque me guste pensar que no lo tienes pero a la vez sepa que es imposible que no lo tengas, o quizá te ha ido mal en el trabajo.
Entonces me digo que yo no dejaría nunca que estuvieras triste, que haría cualquier cosa por verte feliz. Construiría un paraguas mágico que nos resguardara de las tormentas de pena, unas gafas que nos protegieran de las torvas miradas de los que no vienen de frente, compraría un abrigo cinco tallas mayor para que cogiéramos los dos, y, así, abrazados, pasear inmunes al viento helado de la envidia. Tejería entre tú y yo una larga bufanda sin principio ni fin y me ataría a ella con nudos imposibles para que nadie lograra nunca separarme de ti…
Fantaseo a todas horas con las cosas hermosas que te diría en el momento más insospechado, sólo por ver asomar una sonrisa a tus labios; con los gestos de ternura que amenazan con desprenderse de mi piel en el instante en que pasas a mi lado; con la idea de que por fin me decido a decirte lo que siento y tú me respondes ¿por qué has tardado tanto?, hace tiempo que te espero… Pero la realidad no suele ser tan hermosa como la dibuja la imaginación. Lo más probable es que me miraras con desdén, como a un “chalao” con ganas de cachondeo, y siguieras tu camino. Y la culpa es mía, porque te dejé marchar aquel día del semáforo en que tus ojos sí se posaron en los míos, reconociéndome, no como ahora…
Ya te he idealizado tanto que creo que, de tanto pensarte, mi alma te ha cortado a su medida. Y me asusta descubrir que puedas ser sólo un espejismo, provocado por mi propia soledad, y desaparezcas si me acerco demasiado a ti.
Me he acostumbrado a quererte así, habituado a que estés en todo lo que hago, siempre. Paseo por la calle abrazado a ti, hablándote, explicándote mil planes que tengo para los dos, riéndonos juntos, hasta que la mirada gris de un extraño me trae de vuelta y descubro que en realidad voy solo, abrazado a tu ausencia, hablando con tu sombra…
Sé que debería olvidarte para no sufrir, pero no puedo. Hoy, al cruzarme contigo, me ha entrado un vértigo feroz y unas ganas locas de gritar que te quiero. Pero en el último momento me he contenido y, al sentir el sabor amargo de la cobardía en mi boca, me he dado cuenta de que esto no podía seguir. Hoy he decidido que sea ésta la última carta que te escribo.
Hoy te dibujo por última vez en mi memoria.