lunes, 17 de diciembre de 2007

HABLEMOS

Entro en casa y un vacío silencio me golpea en el pecho. No estás, no queda nada de ti. El reloj de la cocina me confiesa que ya es tarde, que finalmente has cumplido tu amenaza, que ya no volverás, que te perdí como se pierden y no vuelven los instantes en que uno no ha sido feliz.
“Un día de éstos llegarás y me habré ido. Y entonces tendrás que inventar tu nueva vida. Tu vida sin mí”, me decías, y yo ignoraba tus palabras, incapaz de ver que, en su interior, anidaba la desesperanza. Y ahora no estás…
No me imagino la vida sin ti. ¿De qué me serviría construir otro presente si tú no vas a estar ahí?
Pero ahora ya es tarde. La palabra se hace pedazos contra la pared y me devuelve el eco de tu partida. Llega tarde, demasiado tarde. Recuerdo cuántas veces indagaste en mi alma, intentando entrar, y yo no contestaba. No podía hablar. Aunque quería gritar, no había en mí más que silencio.
Y ahora ya no estás. La casa está vacía. Sin ti, sin tus cosas. Te has llevado en la maleta los recuerdos, las risas y los días en que cogías mi mano porque sí, sólo por ver asomar un signo de interrogación en mis ojos. No supe ver que ese gesto era la llave de todo tu universo, que me ofrecías un mundo entero por descubrir.
Y ahora me defiendo de tu ausencia atrasando el reloj, como si con ello pudiera dar marcha atrás a las horas y llegar a tiempo de verte partir, de decirte “no te vayas. Puedo cambiar...”. A tiempo de ofrecerte mi mano desnuda para que la recojas, sin preguntas, para que me recibas de nuevo en tus brazos, aunque me sientan como a un extraño. Necesito encontrarte y que tu silencio se llene de perdones, de consuelo. Necesito que sigas buscando en mí esas piezas de puzle que un día quedaron desordenadas y que sólo tú te has atrevido a recomponer. Quiero encontrarte en la estación, abrazada a tu maleta, y correr hacia ti con los brazos abiertos. Necesito que tus labios se llenen de risas, como antes, y que me sorprendas con una regañina afectuosa y un “anda, volvamos a casa”. Pero eso sería pedir demasiado. No lo merezco, lo reconozco. Te he perdido porque no supe encontrarte, porque no supe hallarte en el momento en que querías ser hallada, o quizá porque, en realidad, nunca me tomé la molestia de buscarte, perdido como estaba en mi propia búsqueda. Y después fue tarde, te cansaste de esperar. Te cansaste de descender al infierno en el que yo mismo me empeñaba en permanecer aislado, por mi propia voluntad, y de regresar siempre sola. Te cansaste de hablarme y no recibir respuesta, de ver cómo me hundía más y más rechazando tu ayuda. Te cansaste. Y no te lo reprocho. ¿Cómo podría hacerlo? Pero ahora este maldito reloj me tortura a cada paso que da, me grita “ve en su busca. Hazlo aunque sea por primera y última vez, no seas idiota”, y me pregunto si el destino da una segunda oportunidad, si el destino querrá que pierdas el tren que estás a punto de tomar, si me permitirá volver a ser la puerta a la que quisiste un día llamar... Porque esta vez sí la abriría de par en par, sí saldría a recibirte de brazos abiertos, sí te haría pasar hasta la sala grande de mi alma y te invitaría a instalarte cómodamente en ella. Pero para eso primero he tenido que perderte. “Se canta lo que se pierde”, dice el poeta, pero yo no canto, yo grito, grito que no quiero perderte, y sigo gritando mientras bajo a todo correr las escaleras, y grito tu nombre mientras corro por las calles desiertas, y quiero seguir gritando cuando llego a la estación, pero no puedo porque el esfuerzo de la carrera me ha robado hasta la última gota de aire. Te busco como un loco entre la gente y rezo para que no vayas a bordo de ninguno de los trenes que veo partir.
Y, de repente, allí estás, ya te veo, a lo lejos, corro hacia ti con lágrimas en los ojos que no puedo evitar, jurándome a mí mismo que esta vez será diferente, abriéndome paso entre la gente que se apiña ante mí como si se hubieran confabulado para no dejarme llegar nunca hasta ti. Dejadme, dejadme pasar, por Dios… Ahí estás, cada vez más cerca de mí, pero a la vez tan lejos. Y ahora te levantas despacio, te acercas a la vía, espera, ya llego, sólo un poco más, por favor, dejadme, apartaos… Pero no llega ningún tren, y tú te acercas más y más, y no llevas maleta, sólo unos metros, amor, sólo unos metros y estaré junto a ti. Desesperado, grito tu nombre, pero se pierde entre el murmullo de la gente. Espera, espera, espera… Te detienes junto al borde, observas los raíles con la mirada perdida, adelantas un pie vacilante, cierras los ojos… y entonces te detienes. Alguien te coge con fuerza del brazo. Abres los ojos, como si salieras de un trance, y me miras sin verme. “¿Qué…?”. Poco a poco vuelves en ti, me reconoces, “¿qué haces aquí?”, me preguntas. He venido a buscarte. Volvamos a casa. Y hablemos.
ANTIGUOS COMENTARIOS:
sueños
Con cada tren que dejamos escapar... un sueño se desvanece. Y aunque a veces nos esforzamos en volver a soñar dulces imágenes, mezcla de recuerdos y fantasías, nunca recuperamos el sabor que nos dejó ese primer sueño. Ánimo, porque la resignación es más dolorosa que el más amargo de los sueños.
Enviado por viernes 11/05/07 00:31
Menos mal que...
con el retraso que llevan últimamente los trenes (por lo menos por mi tierra), es difícil que se te escape alguno ;)
Enviado por esteruca 11/05/07 09:22