lunes, 17 de diciembre de 2007

EL SUICIDIO

Sofía metió con cuidado la llave en la cerradura. Acompañó la puerta para que no hiciera ruido y entró en el despacho sin dar la luz. Sólo una vez que hubo cerrado la puerta, con igual cautela, se decidió a buscar el interruptor. Pese a que era casi medianoche, en la sala se filtraba algo de luz de las farolas de la calle, la suficiente para permitirle alcanzar el interruptor sin demasiados problemas. Justo en el instante en que se encendían los fluorescentes de la sala dieron las 12 en el reloj de la catedral. Sofía se sobresaltó ligeramente. Echó una rápida ojeada alrededor. Todo estaba tranquilo, en silencio, a diferencia del barullo que reinaba durante el día, el trajín de gente arriba y abajo, en una actividad febril de teléfonos que podía volver loco al más pintado. Ahora las sillas descansaban apoyadas contra sus respectivas mesas, los informes estaban diligentemente apilados en las bandejas… Incluso los marcos con las fotos de los seres queridos parecían seguir algún tipo de ordenamiento especial. Por un segundo, la mirada de Sofía se detuvo a contemplar al niño que le sonreía desde la foto de una mesa cercana y esbozó una ligera sonrisa, que enseguida se convirtió en mueca al recordar lo que había ido a hacer allí. Corrió hacia su mesa, rebuscó un momento en su bolso y sacó apresuradamente la llave del cajón. Intentó abrirlo, pero estaba tan nerviosa que le costó más de un intento. Cuando por fin lo abrió, su cara se mudó de espanto. Derrotada, se dejó caer en la silla, sollozando. Permaneció durante tres minutos así, con el rostro escondido entre las manos, y sacudida por un llanto furioso. Entonces, de repente, dejó de llorar, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se dirigió resueltamente hacia los servicios. La luz de la entrada, reflejada en el blanco de las baldosas, la deslumbró por un instante. Sin pensárselo, entró en uno de los compartimentos, se subió al váter, se desabrochó el cinturón y lo pasó por encima de una vigueta que sobresalía del techo. Al comprobar que el cinturón era demasiado corto para sus propósitos, lanzó una maldición. Dio un salto y salió apresuradamente del lavabo. Se dirigió a la primera ventana que vio, cogió las tijeras de una de las mesas y cortó la cinta de la persiana, asegurándose de que esta vez sí fuera lo suficientemente larga. Volvió al lavabo, subió de nuevo al váter, hizo un nudo corredizo en la cinta y se lo pasó por el cuello. Elevó el rostro hacia el techo y musitó una oración, al cabo de la cual se santiguó. Entonces miró al suelo, inspiró profundamente y, cerrando los ojos con fuerza, se dejó caer.